El dolor ya no era solo una sensación física; era una marea de fuego que le devoraba las entrañas.
En la gruta central de las cuevas profundas, la única fuente de luz provenía del fuego de un gran brasero de hierro que proyectaba sombras gigantescas sobre las paredes de piedra helada. En el exterior, la tormenta había alcanzado su punto más implacable, pero dentro de la caverna, la temperatura comenzaba a elevarse de una forma sofocante e insólita.
Kaelia yacía sobre un lecho de pieles gruesas,