El tiempo en el Territorio Obsidian no se medía por relojes ni por las estaciones benignas del valle, sino por el rigor del clima y la lucha constante por la supervivencia.Un mes había transcurrido desde la noche en que Kaelia fue rescatada del abismo. En la choza de medicina, el aire olía a raíces secas, romero, mirra y el humo constante del brasero donde hervían las pócimas de sanación.Kaelia, vistiendo una túnica sencilla de tela gruesa y ajustada con una correa de cuero a la cintura, machacaba con parsimonia hojas de salvia en un mortero de piedra. Sus manos, antes suaves y acostumbradas al trabajo domado de la servidumbre, comenzaban a cubrirse de finos callos. Sin embargo, su postura ya no era la de una Omega encorvada que esperaba un golpe; había una rectitud nueva en sus hombros, una calma nacida de la necesidad de mantenerse firme.Cora, la anciana curandera, la observaba desde el otro lado de la mesa mientras preparaba vendajes.—Has aprendido rápido, muchacha —dijo Cora,
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