El rugido del viento se mezclaba con el chocar frenético del acero y los aullidos de furia en el desfiladero de los Pinos Negros.
Darek luchaba como una bestia desbocada. Con la espada desenvainada, se abría paso a través del caos de la nieve y el barro, apartando a guerreros renegados y a sus propios soldados por igual. Sus ojos dorados, encendidos por un fulgor carmesí y salvaje, no buscaban la victoria en el campo de batalla; sus pupilas estaban fijas en la cresta de rocas donde, por un inst