El dolor de cabeza que martilleaba las sienes de Darek MoonBlood no era natural; se sentía como ceniza caliente fluyendo por sus venas en lugar de sangre.
En los salones privados de la fortaleza real de MoonBlood, el silencio solo se quebraba por el susurro de la ventisca contra los ventanales de cristal y el borboroto de un caldero de bronce sobre el fuego. Ginger permanecía de pie frente al Rey, sosteniendo entre sus dedos una daga de plata con inscripciones oscuras y un cuenco que emanaba un