Seis meses después de que los estandartes de la Gran Alianza se izaran en los jardines de la capital, el rostro del continente había cambiado para siempre. La unión entre Kaelia y Darek no se quedó en las palabras de un decreto ni en el eco festivo de una noche de gala; se traducía día a día en una transformación palpable que recorría cada rincón del sur.
Las viejas fronteras militarizadas, antes custodiadas por patrullas hostiles y torres de vigilancia, se habían convertido en pasos comerciale