El sol del atardecer teñía las cumbres de la cordillera con un manto iridiscente de tonos dorados, violetas y grises. Desde la meseta más alta del Monte Obsidian, donde antaño solo se escuchaban el aullido del viento gélido y las marchas de las patrullas fronterizas, el paisaje se desplegaba ahora como un lienzo monumental de vida y plenitud.
Abajo, en el gran valle que conectaba las provincias del sur con el libre Territorio Obsidian, los tejados de piedra y madera de la nueva capital respland