El estruendo del club era una burbuja ajena. En su rincón de penumbra y neón parpadeante, Ivanka mantenía el abrazo, sus dedos aún enterrados en el cabello oscuro y desordenado de Gabrielle Lombardi. La música era un latido sordo en sus cuerpos, la multitud un borrón de colores y sombras. Él había dejado de resistirse, hundido en esa calidez inesperada, en el ritmo lento y mecánico de sus caricias. Un susurro escapó de sus labios, apenas audible sobre la percusión que vibraba en el suelo:
— Creo