Las Vegas era un organismo vivo que respiraba neón, sudor y deseo. En el corazón de "Elysium", el club más exclusivo de la ciudad, Ivanka intentaba ahogar sus demonios en un mar de martinis y cuerpos anónimos.
Llevaba treinta días sumergida en este ritual autodestructivo: despertar al mediodía con resaca y vacío, tragar pastillas moradas para matar los temblores, vestirse de armadura negra; hoy un vestido de cuero que se ceñía como una segunda piel, revelador y letal, y perderse en la masa pulsa