La crudeza del despertar anterior fue un lujo comparado con lo que siguió. Las manos de los guardias no fueron caricias, sino garras que la arrancaron del colchón mugriento. No hubo palabras, solo órdenes bruscas y tirones de cadenas.
La arrastraron de vuelta al baño de mármol negro, ese sarcófago helado. Esta vez, no hubo manos rudas restregando, solo el brutal impacto de un chorro de agua helada lanzado a presión desde una manguera. Ivanka gritó, retorciéndose como un animal herido sobre el s