El antiguo almacén portuario olía a salitre, óxido y una tensión que se podía cortar con un cuchillo. La luz de unas cuantas lámparas portátiles de gas creaba pozos de claridad amarillenta en la vasta penumbra, iluminando mesas improvisadas cubiertas con mapas y muestras de armamento. Tres figuras dominaban el espacio vacío.
Salvatore Lombardi, con su traje oscuro impecable a pesar del entorno, y su presencia de toro tranquilo pero peligroso, hizo el gesto inicial. Con un movimiento de cabeza ha