El sueño fue una mentira. Un parpadeo inquieto en la oscuridad de la habitación de Gael, donde el olor a él en las sábanas era a la vez un consuelo y un recordatorio de por qué estaba allí. Me desperté de golpe, con el corazón acelerado, esperando oír otra vez esos disparos secos.
Silencio.
Un silencio demasiado perfecto.
Al lado de mí, la cama estaba vacía, las sábanas frías donde él debería estar. Un pinchazo de ansiedad, agudo e instantáneo, me atravesó el pecho. ¿Dónde estaba? ¿Estaba bien?
Me levanté y salí del cuarto con cautela. La casa estaba en silencio, pero no era el silencio pacífico de antes. Era el silencio tenso y cargado que queda después de una explosión.
Lo encontré en la sala. No estaba solo. Hablaba en voz baja con uno de los guardias, el más grande, el que siempre parecía hecho de piedra. Gael estaba de pie, vestido ahora con ropa oscura y casual, pero se le notaba el cansancio en los hombros, en la manera en que se pasaba una mano por el cabello.
La policía ya no