El sueño fue una mentira. Un parpadeo inquieto en la oscuridad de la habitación de Gael, donde el olor a él en las sábanas era a la vez un consuelo y un recordatorio de por qué estaba allí. Me desperté de golpe, con el corazón acelerado, esperando oír otra vez esos disparos secos.
Silencio.
Un silencio demasiado perfecto.
Al lado de mí, la cama estaba vacía, las sábanas frías donde él debería estar. Un pinchazo de ansiedad, agudo e instantáneo, me atravesó el pecho. ¿Dónde estaba? ¿Estaba bien?