El silencio de mi habitación era peor que cualquier ruido. Después de lo del café, después de ver esa cicatriz y de escuchar que mi vida había estado colgando de un hilo tiempo antes de siquiera saberlo, me sentía como un cristal a punto de quebrarse. Gael se había retirado a su estudio, supongo que a lidiar con las consecuencias de la guerra que había declarado.
Me senté en la cama, abrazando mis rodillas. La pregunta daba vueltas en mi cabeza: ¿Por qué a mí?
No era una pregunta de víctima. Era de lógica. En esa época, yo no era nadie. Viatrix, la estudiante con deudas que se partía el lomo en dos trabajos para mantener a flote a su mamá y pagar la matrícula. No tenía enemigos. No tenía nada que valiera la pena robar, y mucho menos… matar.
A menos que…
Un rubor caliente y vergonzoso me subió por el cuello. Había una parte de mi historia que le había escondido a Gael. No por malicia, sino por… vergüenza. La misma vergüenza que me hacía bajar la mirada cuando alguien preguntaba demasia