El nombre de Helena seguía flotando en la habitación, un veneno invisible que ahora respirábamos con el aire. Gael se había levantado y estaba otra vez junto a la ventana, pero no miraba la ciudad. Miraba el vacío, como si estuviera viendo los hilos de una telaraña que solo él podía distinguir.
Yo seguía sentada en la cama, el peso de la revelación aplastándome. No era solo una enemiga más. Era la fuente. La raíz de todo el odio, la manipulación, la violencia que había salpicado mi vida incluso antes de saber que esta familia existía. La idea era tan enorme que casi no podía procesarla.
Pero en medio del miedo helado, algo se aferró dentro de mí. No era valor. Era algo más simple, más terco: el rechazo.
Me había pasado la vida siendo un peón. De las deudas, de los trabajos miserables, de Damian, y al principio, incluso en el juego sucio de Aldrick. Me había dejado llevar, usado, manipulado.
Ya no.
Me levanté. El movimiento hizo que Gael girara la cabeza hacia mí. Sus ojos eran pozos o