Gael no se inmutó al escuchar la amenaza gritada desde la puerta. Ni un solo músculo de su rostro se movió. Pero en sus ojos, vi cómo la furia se volvía algo más peligroso: una determinación fría y absoluta.
Se volvió hacia mí, y su voz fue un cuchillo de hielo.
—Se acabó. Estoy cansado de sus amenazas de colegial.
—¿Vas a ir? —pregunté, el corazón apretándoseme en el pecho.
—Le estaré dando lo que quiere: una confrontación. Pero se la daré en mis términos —dijo, acercándose. Sus manos se posaron en mis hombros, con una firmeza que pretendía ser tranquilizadora y solo logró que me sintiera más asustada—. Tú te quedas aquí.
—Gael, no, es una provocación. Yo digo que no debes caer.
—Y yo digo que te quedes —cortó él, su tono dejando claro que no era una sugerencia—. Enviaré a dos hombres a vigilar la cabaña. No abras a nadie más. ¿Entendido?
Asentí, tragando el nudo de pánico en mi garganta. No podía ganar esta discusión.
Sacó las llaves de su auto—el que estaba aparcado afuera