Gael no se inmutó al escuchar la amenaza gritada desde la puerta. Ni un solo músculo de su rostro se movió. Pero en sus ojos, vi cómo la furia se volvía algo más peligroso: una determinación fría y absoluta.
Se volvió hacia mí, y su voz fue un cuchillo de hielo.
—Se acabó. Estoy cansado de sus amenazas de colegial.
—¿Vas a ir? —pregunté, el corazón apretándoseme en el pecho.
—Le estaré dando lo que quiere: una confrontación. Pero se la daré en mis términos —dijo, acercándose. Sus manos se p