La mañana siguiente, la luz del sol golpeó el diamante en mi mano y me cegó por un segundo. Lo giré, viendo cómo el prisma frío descomponía la luz en pequeños arcoíris sobre la sábana. Aún no podía creerlo. No el anillo—eso era tangible, pesado—sino lo que representaba. Había dicho que sí. O más bien, no había dicho que no. Me había puesto la jaula con mis propias manos.
Mi teléfono nuevo, el que Gael me dio con apenas cinco números guardados, vibró en la mesita. Un número desconocido. El cora