La mañana siguiente, la luz del sol golpeó el diamante en mi mano y me cegó por un segundo. Lo giré, viendo cómo el prisma frío descomponía la luz en pequeños arcoíris sobre la sábana. Aún no podía creerlo. No el anillo—eso era tangible, pesado—sino lo que representaba. Había dicho que sí. O más bien, no había dicho que no. Me había puesto la jaula con mis propias manos.
Mi teléfono nuevo, el que Gael me dio con apenas cinco números guardados, vibró en la mesita. Un número desconocido. El corazón se me encogió. Solo unas pocas personas tenían este número. Gael. Sebastián. Los guardaespaldas. Y… ¿quién más?
Contesté con cautela, sospechando de quién se trataba.
—¿Cómo conseguiste este número? —fue lo primero que pregunté, antes de que pudiera hablar.
La voz de Damian al otro lado resonó confirmando mi sospecha. Cargado de ironía.
—¿Eso es lo primero que me dices? ¿No “hola”, no “cómo estás”? Da igual. Tenemos que vernos. Urgente.
—Es imposible —dije rápido, bajando la voz aunqu