Gael me despertó esa mañana y me dijo que iba a enseñarme a defenderme mejor. Me llevo a un campo de tiro que estaba a una hora de la ciudad, escondido entre colinas secas. No era un lugar público. Era un terreno privado, vallado, con blancos móviles y una caseta de control blindada. Solo sonaba el viento y, de vez en cuando, el eco lejano de un disparo solitario.
Gael no me llevó a la línea de fuego. Me llevó a una zona de césped artificial, con colchonetas en el suelo y un muñeco de práctica, pesado e inerte.
—La mejor defensa —dijo, quitándose el abrigo— no es saber disparar. Es saber desarmar. Un arma en manos de alguien asustado es más peligrosa para quien la lleva que para el enemigo.
Yo ya lo sabía. Pero asentí igual.
—Quítate la chaqueta —ordenó.
Lo hice. Hacía frío, pero no dije nada.
—Muéstrame lo que sabes —dijo, cruzando los brazos. No era una invitación. Era una prueba.
Recordé la noche en la calle, los dos hombres borrachos, la forma en que Gael había aparecido y