Gael me despertó esa mañana y me dijo que iba a enseñarme a defenderme mejor. Me llevo a un campo de tiro que estaba a una hora de la ciudad, escondido entre colinas secas. No era un lugar público. Era un terreno privado, vallado, con blancos móviles y una caseta de control blindada. Solo sonaba el viento y, de vez en cuando, el eco lejano de un disparo solitario.
Gael no me llevó a la línea de fuego. Me llevó a una zona de césped artificial, con colchonetas en el suelo y un muñeco de práctica