Me fui a dormir tarde practicando con la daga. En la mañana Gael me despertó pidiéndome prepararme con ropa elegante —que él mismo hizo llevarme a la habitación— porque tendríamos una reunión importante.
Unas dos horas después, llegamos a una galería de arte que estaba en Puerto Madero, en un edificio moderno de cristal y acero. Por fuera, era elegancia pura: gente con copas de vino, sonrisas cultivadas, vestidos que costaban más que mi renta anual. Por dentro, olía a lujos y a secretos.
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