Me fui a dormir tarde practicando con la daga. En la mañana Gael me despertó pidiéndome prepararme con ropa elegante —que él mismo hizo llevarme a la habitación— porque tendríamos una reunión importante.
Unas dos horas después, llegamos a una galería de arte que estaba en Puerto Madero, en un edificio moderno de cristal y acero. Por fuera, era elegancia pura: gente con copas de vino, sonrisas cultivadas, vestidos que costaban más que mi renta anual. Por dentro, olía a lujos y a secretos.
El vestido que me había dado Gael era negro, simple y elegante, que se me ajustaba como una segunda piel. “No hables —me había dicho en el auto—. Observa. Aprende a escuchar lo que no se dice.”
No era una reunión con matones en un depósito. Esto era distinto. Los hombres aquí llevaban trajes hechos a medida, relojes discretos y sonrisas que no llegaban a los ojos. Las mujeres, joyas que parecían simples pero que brillaban con la luz fría de un millón de dólares en diamantes.
El dueño de la galerí