El avión que nos esperó después de salir de la casa de seguridad era pequeño, íntimo y olía a cuero caro y café fuerte. Gael estaba sentado frente a mí, un dosier abierto en sus manos. La luz del flexo iluminaba su rostro con sombras duras.
Había estado en silencio desde que despegamos. Yo miraba por la ventanilla redonda, viendo las luces de la ciudad desaparecer bajo un mar de nubes. Mi mente aún zumbaba con el llanto, con la traición.
—Lee esto —dijo de repente, deslizando una carpeta delg