El avión que nos esperó después de salir de la casa de seguridad era pequeño, íntimo y olía a cuero caro y café fuerte. Gael estaba sentado frente a mí, un dosier abierto en sus manos. La luz del flexo iluminaba su rostro con sombras duras.
Había estado en silencio desde que despegamos. Yo miraba por la ventanilla redonda, viendo las luces de la ciudad desaparecer bajo un mar de nubes. Mi mente aún zumbaba con el llanto, con la traición.
—Lee esto —dijo de repente, deslizando una carpeta delgada sobre la mesa entre nosotros.
La abrí. Dentro, fotos en blanco y negro de un hombre con sonrisa amplia y ojos pequeños. Informes. Números de cuenta. Fotografías de contenedores en un puerto.
—Mateo Rojas —dijo Gael, sin levantar la vista de sus papeles—. Controla el cuarenta por ciento de la mercancía que pasa por el puerto de Buenos Aires. Nos está robando. Sistemáticamente.
“Nos.” La palabra me resonó dentro. Ya no era “mi negocio”. Era “nuestro”.
—¿Robando qué? —pregunté, aunque las f