Las lágrimas se secaron en mi rostro, dejando una piel tirante y salada. El eco de la puerta cerrada por Gael aún resonaba en el silencio de la habitación. Me quedé sentada en la cama, esperando. Esperando que regresara con ese “algo de beber”. Esperando una explicación, una disculpa, algo que pusiera un parche sobre el abismo que acababa de abrirse entre nosotros.
Los minutos pasaron. Cinco. Diez.
No hubo pasos en el pasillo. No hubo ruido de vasos. Solo el silencio absoluto de la casa segura, tan espeso que podía oír el latido de mi propio corazón.
Un impulso raro, casi febril, me levantó de la cama. Me limpié la cara con fuerza, como si pudiera borrar la evidencia del llanto. Abrí la puerta de mi habitación sin hacer ruido. El pasillo estaba oscuro, solo iluminado por una tenue luz nocturna que venía del salón principal.
Y allí estaba él.
No en la cocina. No buscando una bebida. Sentado en el estudio, la puerta entreabierta, bañado por la luz fría de dos monitores de computado