Las lágrimas se secaron en mi rostro, dejando una piel tirante y salada. El eco de la puerta cerrada por Gael aún resonaba en el silencio de la habitación. Me quedé sentada en la cama, esperando. Esperando que regresara con ese “algo de beber”. Esperando una explicación, una disculpa, algo que pusiera un parche sobre el abismo que acababa de abrirse entre nosotros.
Los minutos pasaron. Cinco. Diez.
No hubo pasos en el pasillo. No hubo ruido de vasos. Solo el silencio absoluto de la casa segur