El teléfono vibró sobre la mesita de noche. Había estado apagado desde que llegamos a esta casa segura, pero Gael me había dicho que podía encenderlo si quería. “Solo para emergencias,” había dicho, con esa mirada que dejaba claro que mi única emergencia válida era que alguien estuviera tratando de derribar la puerta.
Pero cuando vi el nombre de Valeria en la pantalla, algo dentro de mí se estremeció. La encendí.
Y ahí estaban.
Tres fotografías. Nítidas, claras, innegables.
La primera: Rena