La llamada de Valeria fue como una cuerda salvavidas arrojada desde un mundo que ya casi no recordaba.
—¿Viatrix? Soy yo. Estoy en el aeropuerto. Acabo de aterrizar —su voz, familiar y llena de esa energía que siempre la caracterizó, sonó a través del teléfono, cargada de la distancia de un continente entero—. Necesito verte. Hoy.
No había sido una pregunta. Valeria nunca hacía preguntas cuando algo le importaba. Daba órdenes con la certeza de quien sabe que tiene razón. Y después de semanas