La mano de Gael en mi espalda baja era un punto de calor firme que me guiaba fuera del estudio, lejos del frío penetrante de Sebastián Locke. No hablamos mientras caminábamos por el pasillo silencioso, nuestras sombras alargándose en las paredes claras. Mi corazón todavía latía con el eco de las palabras del abogado —la destruiré— y la respuesta de Gael —es una excepción—, mezclándose en mi cabeza como un cóctel tóxico de miedo y anhelo.
No me llevó a la puerta principal. En cambio, giró hacia una habitación que no había visto antes: una biblioteca privada. Era más pequeña que el estudio, acogedora. Estanterías de madera oscura hasta el techo repletas de libros, un sofá grande de cuero frente a una chimenea donde ardían leños crepitando. El aire olía a papel viejo, cera y el humo dulce de la madera. Aquí no había rastro del lujo impersonal del resto de la casa; esto sentía como un refugio real.
Gael cerró la puerta con un sonido suave. El silencio que llenó la habitación era distint