La mano de Gael en mi espalda baja era un punto de calor firme que me guiaba fuera del estudio, lejos del frío penetrante de Sebastián Locke. No hablamos mientras caminábamos por el pasillo silencioso, nuestras sombras alargándose en las paredes claras. Mi corazón todavía latía con el eco de las palabras del abogado —la destruiré— y la respuesta de Gael —es una excepción—, mezclándose en mi cabeza como un cóctel tóxico de miedo y anhelo.
No me llevó a la puerta principal. En cambio, giró hacia