La tensión después de la noche en el invernadero tritaba dentro de mi pecho. Cada vez que recordaba la palabra "muerte" saliendo de los labios de Gael, sentía un frío que me bajaba hasta la punta de los dedos. Pero había algo más, algo perverso y peligroso que crecía junto al miedo: una necesidad física, urgente, de sentir algo que no fuera ese hielo.
Necesitaba que Gael me acariciara. Que me besara. Que hiciera algo, cualquier cosa, que confirmara que lo que había entre nosotros era real y no