Los segundos se arrastraban como si el tiempo se hubiera vuelto melaza.
Desde el coche, veía a Gael de pie en el muelle, a unos cincuenta metros de distancia. Su postura era la de siempre: erguido, alerta, las manos ligeramente separadas del cuerpo. Listo para cualquier cosa.
Y frente a él, la figura que había emergido de las sombras.
Víctor Mendoza.
No podía ver su cara con claridad desde donde estaba, pero sí su silueta. Alta, delgada, con esa cicatriz que Jacinto había descrito como "un coll