El día del juicio amaneció gris, como si el cielo también supiera lo que estaba en juego.
Vestí con cuidado, con una blusa holgada que dejaba ver mi vientre de casi siete meses. Gael me esperaba en la puerta, impecable en su traje oscuro, pero con esa tensión en la mandíbula que ya conocía tan bien.
—¿Lista? —preguntó.
—No. Pero vamos igual.
El juzgado era un monstruo de piedra y cristal. Los periodistas nos acosaron en la entrada, con sus cámaras y sus preguntas, pero los guardias nos abrieron