Salir del hospital con Mateo en brazos fue la experiencia más aterradora y maravillosa de mi vida.
Cada paso que daba hacia la puerta sentía que el mundo se volvía más real. Ya no era solo yo. Ya no era solo Gael y yo. Éramos tres. Una familia. Y ese pequeño bulto que pesaba apenas unos kilos era el centro de todo.
Gael caminaba a mi lado, con una mano en la espalda, protegiéndonos sin tocarnos, como hacía siempre. Pero sus ojos no estaban en la salida ni en los periodistas que aún merodeaban.