Las cuarenta y ocho horas siguientes fueron un infierno.
Víctor estaba en una celda, solo, incomunicado. Los cargos en su contra crecían cada día: asesinato, asociación ilícita, conspiración. Willson había hecho bien su trabajo. La prensa lo había convertido en el villano perfecto. El hombre que mataba testigos para proteger a los verdaderos criminales.
La ironía no se me escapaba.
En casa, el ambiente era de guerra. Sebastián no dormía, revisando códigos, preparando recursos, buscando cualquie