El mensaje llegó un martes al mediodía, cuando el sol entraba por las ventanas y yo estaba en la cocina preparándome un jugo de frutas.
Llegó una llamada al teléfono de Sebastián, que luego pasó el teléfono a Gael. Aunque él trató de disimular, la expresión en su rostro lo dijo todo.
Gael escuchó en silencio. No dijo nada. Solo asintió una vez, dos veces, y colgó.
—¿Quién era? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Víctor —respondió Gael, dejando el teléfono sobre la mesa—. Quiere reunirse.