Tres años después.
El jardín era un caos de colores. Flores que yo había plantado, árboles que Gael había elegido, y un pequeño torbellino de tres años que corría de un lado a otro como si el mundo fuera suyo.
—¡Mateo! —gritó Gael, persiguiéndolo—. ¡No corras tanto, te vas a caer!
—¡No me caigo, papi! —respondió el niño, con esa seguridad absurda que solo tienen los niños así de pequeños.
Lo vi tropezar con una raíz, tambalearse un segundo, y luego seguir corriendo como si nada. Gael lo alcanzó