El hospital olía a desinfectante, ese olor tan característico.
Desde que llegamos, Gael no se movió de mi lado. Ni cuando me cosieron los cortes en la pierna —siete puntos que sentí como veinte—, ni cuando me vendaron el tobillo, ya hinchado y morado como una fruta pasada. Él también tenía heridas. Un corte profundo en el brazo que requirió puntos, y moretones por todo el torso que el médico palpó con mirada preocupada. Pero Gael apenas parpadeó. Su atención estaba en mí
—Reposo absoluto una