La ducha fue el primer momento de paz en lo que parecían días. El agua caliente me lavó el polvo, la sangre seca y el olor a humo, pero no pudo con el dolor. Cada movimiento me recordaba los puntos, los moretones, y que la viga casi me tritura la pierna.
Me vestí con ropa sencilla: unos pantalones holgados, una sudadera, zapatos planos. Nada que llamara la atención. Me miré en el espejo del baño. Ojeras profundas, un corte pequeño en la frente, la piel pálida.
Gael ya estaba listo en la sala,