La calma después de la tormenta duró exactamente un día. Un día entero en el que Gael y yo vivimos en una burbuja frágil, hablando en susurros, planeando en voz baja, tocándonos como si el otro pudiera desaparecer. Él pasó horas en llamadas con Sebastián, transfiriendo archivos, dando instrucciones. Yo escuchaba, aprendía, hacía café. Era una tregua extraña y dulce.
Pero Aldrick no era de los que esperan a que le declaren la guerra. Él la sentía venir en el aire, y decidió atacar primero.
La primera llamada llegó al celular de Gael durante el desayuno del segundo día. Era el director financiero de Hendrix Holdings. La voz del hombre al otro lado sonaba tensa, casi disculpándose.
Gael escuchó en silencio, sus ojos fijándose en un punto lejano de la pared de la cocina. Colgó sin decir una palabra.
—¿Qué pasa? —pregunté, dejando la tostada a medio comer.
—Aldrick convocó una junta de accionistas de emergencia anoche —dijo, su voz era plana, analítica—. Usó sus acciones y las de los tíos