La calma después de la tormenta duró exactamente un día. Un día entero en el que Gael y yo vivimos en una burbuja frágil, hablando en susurros, planeando en voz baja, tocándonos como si el otro pudiera desaparecer. Él pasó horas en llamadas con Sebastián, transfiriendo archivos, dando instrucciones. Yo escuchaba, aprendía, hacía café. Era una tregua extraña y dulce.
Pero Aldrick no era de los que esperan a que le declaren la guerra. Él la sentía venir en el aire, y decidió atacar primero.
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