RUMANÍA
El viento en Bucarest tenía una forma cruel de colarse por los huesos.
Era distinto al de Buenos Aires, menos sucio, más gélido, como si el aire mismo supiera castigar a quien no pertenecía allí. Elena lo descubrió la primera noche que llegó. Llevaba un abrigo que apenas la protegía, una maleta pequeña y un silencio atragantado que le ardía en el pecho.
No había lágrimas.
Ya las había gastado todas en el avión.
El departamento que alquiló en el distrito de Dorobanți era pequeño, pe