CAPÍTULO 10

RUMANÍA

El viento en Bucarest tenía una forma cruel de colarse por los huesos.

Era distinto al de Buenos Aires, menos sucio, más gélido, como si el aire mismo supiera castigar a quien no pertenecía allí. Elena lo descubrió la primera noche que llegó. Llevaba un abrigo que apenas la protegía, una maleta pequeña y un silencio atragantado que le ardía en el pecho.

No había lágrimas.

Ya las había gastado todas en el avión.

El departamento que alquiló en el distrito de Dorobanți era pequeño, pero moderno, con amplios ventanales que dejaban entrar la luz azulada del invierno. Los primeros días los pasó en una especie de trance: durmiendo poco, comiendo menos, revisando una y otra vez los mensajes que Gabriel no dejaba de enviarle.

“Necesito hablarte.”

“Por favor, no te vayas así.”

“Sabes que fue un error.”

No los respondió.

No por orgullo, sino porque cada palabra de él la hacía temblar de rabia.

Pasaron semanas antes de que saliera a caminar por la ciudad.

Las calles empedradas, los cafés con olor a canela y los letreros en rumano que apenas entendía le parecían ajenos, pero en ese anonimato, Elena encontró algo que no había sentido en años: libertad.

Allí nadie la conocía. Nadie era capaz de relacionarla con el apellido Montenegro, ni con el escándalo silencioso que había dejado atrás.

Podía ser quien quisiera.

Y decidió que no sería la misma.

Las transformaciones empezaron por fuera.

Cortó su cabello, lo tiñó de un negro azabache que hacía resaltar sus ojos celestes. Comenzó a vestirse con un estilo más europeo, más estructurado, más elegante, pero el verdadero cambio ocurrió dentro.

Se inscribió en la Universitatea din Bucureşti, en un programa de dirección y estrategia empresarial. No lo necesitaba, pero lo hizo por una sola razón: dominar el mismo terreno en el que Gabriel siempre había sido superior. Mientras él jugaba con poder y dinero, ella aprendía a jugar con control y paciencia.

Las noches eran largas.

A veces el recuerdo la golpeaba con fuerza: el olor de Gabriel, su voz ronca, la traición, la imagen imborrable de otra mujer en su cama.

Entonces abría una botella de vino, se ponía frente al espejo, y se obligaba a repetir una sola frase hasta que el dolor se transformara en fuego:

—Nunca más vas a tener el poder de destruirme.

***

Elena lo conoció en una tarde helada, cuando la nieve se derretía en los bordes de la avenida y el cielo parecía un lienzo de plomo.

Había entrado a una cafetería de lujo cerca del Parlamento para escapar del frío, y fue allí donde lo vio por primera vez: Viktor Andrei, un nombre que en Bucarest pesaba tanto como el de Montenegro en Buenos Aires.

Él era todo lo que ella no esperaba encontrar. Tranquilo, preciso, con una presencia que imponía sin necesidad de alzar la voz. Vestía un abrigo largo de lana gris, un reloj de oro oscuro y un aire que mezclaba elegancia con peligro.

Fue él quien se acercó primero.

—Elena Morgan —dijo, pronunciando su nombre con ese acento grave, casi ruso—. No esperaba verla aquí.

Ella lo miró con desconfianza.

—¿Nos conocemos?

—No oficialmente —respondió, dejando su taza sobre la mesa—. Pero en mi mundo, no hay secretos sobre la mujer que desafió al apellido Montenegro, y dejó a su esposo en otro país.

Elena sonrió apenas, una sonrisa fría.

—Entonces… —Elena hizo una pausa y se acomodó un mechón de pelo—. Los rumores ya han llegado a este lado del mundo.

—Al contrario —replicó Viktor, con una calma calculada—. Sé lo suficiente para querer conocer más.

Esa fue la primera conversación de muchas.

Viktor no intentó seducirla al principio. La observó, la estudió. Le ofreció su red de contactos, su experiencia y, sobre todo, su silencio.

En él, Elena encontró un tipo distinto de refugio: uno que no buscaba consolarla, sino empujarla a reconstruirse desde la ruina.

—Tienes dos caminos —le dijo una noche, mientras caminaban por el Puente de los Artistas—. O dejas que el pasado te siga dictando quién eres… o lo usas para crear una versión que él no pueda ni mirar sin temblar.

Elena se detuvo.

La ciudad, con sus luces reflejadas en el Dâmbovița, parecía escuchar también.

—¿Y si ya no quiero que tiemble? —preguntó, más para sí que para él.

Viktor giró levemente hacia ella.

—Entonces mientete hasta que quieras, pero lo vas a querer. No porque lo ames todavía, sino porque vas a necesitar que sufra.

Sus palabras la atravesaron como una sentencia.

Desde entonces, las noches de Elena cambiaron, dejó de repasar los mensajes de Gabriel y empezó a planear silenciosamente su regreso.

Viktor la entrenó en todo lo que el mundo de los negocios, la diplomacia y la manipulación emocional podía ofrecerle. La llevó a reuniones discretas con ministros, empresarios, y banqueros del este europeo.

Le enseñó a hablar con pausa, a negociar con la mirada, a sonreír solo cuando el otro creía que estaba ganando.

Era un juego que Elena dominaba con una rapidez sorprendente.

A veces, cuando la tensión se rompía por unos segundos, había algo más entre ellos: una chispa silenciosa, una atracción contenida que ambos decidieron no nombrar.

Una noche, Viktor la llevó a su mansión a las afueras de Bucarest. Había un piano, una chimenea encendida, y un vino francés esperándolos.

—No vine a distraerme —dijo Elena, sin siquiera quitarse el abrigo.

—Nadie dijo que lo harías —contestó él, sirviéndose una copa—. Pero a veces para ganar, también hay que aprender a disfrutar.

Elena lo observó, sabiendo que esa era otra lección.

El dominio no solo era mental, también era físico.

Aprender a controlar el deseo sin dejarse arrastrar por él.

Esa noche no se tocaron, pero se miraron como si lo hubieran hecho.

Y cuando se despidieron, Viktor rozó apenas su mejilla y murmuró:

—Cuando regreses a Buenos Aires, no lo busques. Deja que él te busque a ti.

***

Elena se detuvo frente al ventanal del departamento de Viktor. Desde allí, Bucarest parecía suspendida en una calma fría, bañada por una neblina azulada que apenas dejaba ver las luces del centro.

Era su última noche en Rumanía.

Las maletas estaban listas, el pasaporte descansaba sobre la mesa de mármol, y su destino volvía a señalarla hacia Buenos Aires, sin embargo, todavía no podía irse sin verlo.

Sin cerrar ese ciclo que había empezado con nieve y rabia, y que ahora terminaba con control y silencio.

La puerta se abrió detrás de ella.

El sonido de sus pasos —seguros, lentos, medidos— la hizo girar.

Viktor Andrei vestía como siempre: traje negro, camisa blanca sin corbata, el reloj dorado que parecía parte de su piel. Su expresión era la de un hombre que rara vez mostraba algo, pero esa noche… había algo distinto en su mirada.

—No creí que vendrías —dijo ella, con esa voz suave y firme que había aprendido a usar.

—Sabías que sí lo haría —respondió él, acercándose lentamente—. No soy de los que dejan los finales sin firmar.

Elena sonrió, sin apartar la vista.

—Esto no es un final, Viktor. Es solo el principio de algo que ninguno de los dos puede prever.

Él se detuvo a medio metro de distancia.

—Entonces digamos que vine a despedirme de la mujer que conocí, y saludar a la que nació de sus cenizas.

La tensión era densa, casi física.

Elena bajó la mirada un instante.

—Tú fuiste parte de eso.

—No —corrigió él—. Yo solo encendí la chispa. Fuiste vos quien decidió arder.

Silencio.

El fuego de la chimenea titilaba al fondo, reflejando sus sombras en las paredes. Afuera, la nieve comenzaba a caer de nuevo, lenta, delicada, como si el invierno quisiera recordarles de dónde venían.

Viktor se acercó un poco más.

—¿Estás lista?

—Más que nunca.

—¿Y si te digo que no regreses? —su voz fue baja, casi un susurro.

Elena lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, hubo un destello de ternura en sus ojos.

—No me digas eso, sabes que no puedes retenerme, Viktor.

—No quiero retenerte —murmuró él, mirándola de cerca—, pero hay algo en ti que no quiero que el mundo corrompa. Esa parte que aún sabe distinguir entre venganza y justicia.

Elena respiró hondo.

—El mundo ya la corrompió, tú solo me enseñaste a sobrevivir.

—Y lo vas a hacer —respondió, con una firmeza que sonó a promesa—. Pero cuando lo hagas, no te olvides de quién eres.

Ella dio un paso hacia él. Sus miradas se encontraron, y el aire parecía detenerse.

Elena levantó la mano y rozó apenas el cuello de su camisa, un gesto que no fue de deseo, sino de reconocimiento.

—No lo voy a olvidar —dijo—. Porque todo lo que soy ahora se debe todo a ti.

Viktor tomó su mano y la besó lentamente, sin apartar los ojos de ella. Fue un beso que no buscaba poseer, sino marcar una despedida.

—Entonces vete —murmuró—. Pero recuerda esto: los verdaderos jugadores nunca anuncian su regreso.

Elena sostuvo la mirada, y una sonrisa helada curvó sus labios.

—No pienso anunciarlo, pienso hacerlo sentir.

Viktor soltó su mano con suavidad.

Ella dio media vuelta, caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró sobre su hombro.

—Si alguna vez escuchas que un Montenegro perdió el control, sabrás que logré lo que vine a buscar.

Él asintió apenas, con una sombra de orgullo en el rostro.

—Y cuando eso pase, Elena, sabré que el invierno terminó.

Ella no respondió. Solo lo miró una última vez, grabando cada rasgo, cada silencio. Luego abrió la puerta y desapareció en el pasillo.

Viktor quedó solo, observando la nevada por la ventana.

Encendió un cigarrillo, y mientras la brasa iluminaba su rostro, murmuró algo en rumano, un rezo antiguo que ella le había escuchado una vez:

“Să nu uiți cine ești, chiar dacă lumea uită.”

El humo se mezcló con el aire helado.

Afuera, los copos seguían cayendo, y en algún punto del cielo, un avión partía rumbo al sur.

Elena Morgan iba a reclamar lo que le pertenecía.

Y Viktor Andrei sonrió, sabiendo que la tormenta apenas comenzaba.

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