Mundo ficciónIniciar sesiónElena se despertó sola otra vez.
La cama, inmensa, conservaba el aroma de Gabriel de un lado y el vacío del otro. Su perfume seguía allí, enredado entre las sábanas, pero su cuerpo ya no dormía junto al de ella desde hacía varios días. Ni una llamada. Ni un mensaje. Solo silencios y excusas. Se sentó despacio, con la sábana aún cubriéndole las piernas, y observó la habitación. Todo estaba en su lugar. La alfombra mullida, las cortinas apenas entreabiertas, la chaqueta de él colgada en el respaldo del sillón. Nada fuera de sitio, y sin embargo, todo había cambiado. Suspiró profundo, encendió un cigarrillo, aunque había dejado de fumar hace años. Lo encendió solo para mirar el humo elevarse como sus pensamientos: desordenados, volátiles, densos. Gabriel estaba cambiando, y no necesitaba tener pruebas para saberlo. Lo sentía en la forma en que él la miraba o evitaba hacerlo; en cómo salía temprano y volvía tarde. En las respuestas que antes eran mordaces y ahora eran apenas murmullos. En los besos que se convirtieron en rutina. No tenía celos, simplemente era ese instinto que me decía que debía actuar, y el instinto de Elena Morgan rara vez se equivocaba. Se levantó sin apuro. Caminó desnuda hasta el ventanal, dejando que la luz tenue del amanecer delineara su silueta. Observó los jardines de la mansión, el camino de entrada, los autos estacionados. Nada parecía fuera de lugar. Excepto lo que ardía dentro de ella. No iba a preguntar, ni mucho menos a rogar, pero averiguaría cada cosa. Porque si Gabriel Montenegro pensaba que podía esconderle algo, entonces todavía no entendía con quién se había acostado. Y cuando lo entendiera… Cuando supiera que ella no era una mujer que se dejaba traicionar sin responder, entonces sí, el fuego iba a empezar. Solo que esta vez nadie iba a apagarlo. Desde que Lara había reaparecido, el nombre no se mencionaba en la casa, aunque eso no hacía falta. Estaba en el aire, en el modo en que Gabriel la evitaba, en su mirada perdida durante las cenas, en su celular siempre boca abajo. Una noche, lo encontró en el estudio, frente a una copa de whisky. —¿Estás bien? —preguntó ella. Gabriel la miró como si la pregunta fuera absurda. —Estoy ocupado. —Últimamente estás ocupado todo el tiempo. —Silencio, y ella continuó—. Me imagino que no tiene nada que ver con cierta rubia que apareció en la gala. El gesto de él se endureció apenas, pero Elena lo notó. —No empieces con eso. —¿No empiece? ¿Con qué exactamente? ¿Con la duda de si estás volviendo a besar a la mujer que dijiste haber amado? Gabriel se puso de pie, y la observó con esa mirada suya, carente de sentimientos. —No tengo que darte explicaciones, no soy tuyo, Elena. —¡Entonces no me pidas, ni me toques cuando eres capaz de respetarme como tu maldita esposa! Hubo un segundo de tensión, y respiraciones agitadas, pero Gabriel se fue, sin decir más. Pasaron los días, y con ellos, las señales se hicieron más claras. Gabriel salía por las noches, diciendo que eran reuniones, pero siempre volvía tarde, y a veces, ni siquiera entraba a su habitación. Un día, Elena recibió un sobre sin remitente. Dentro se hallaba una foto. Gabriel en un restaurante, parecía ser que había sido hace dos noches, frente a él, Lara, le sonreía. La mirada que él le dirigía iba mucho más allá de lo que Elena quería admitir. La rabia la sacudió por dentro, pero no rompió la foto. La guardó, como si necesitara conservar el golpe para entender su fuerza. —Necesito hablar con vos —le dijo Elena, una tarde, apenas Gabriel cruzó la puerta. Él ni siquiera la miró. Se quitó el saco con desgano, lo colgó en el perchero, y dejó el celular sobre la mesa, como si la conversación ya le pesara antes de empezar. —¿Hablar? —soltó con tono ácido—. ¿Sobre otra escena de celos mal disimulada? Elena no pestañeó. —¿Tienes alguna idea de lo que estás destruyendo? Gabriel se detuvo. Giró hacia ella con los hombros tensos, y la observó seriamente. —¿Qué estoy destruyendo, Elena? —preguntó, con una calma falsa que dolía más que un grito—. ¿Este matrimonio armado con amenazas y silencios? ¿El pacto que firmamos para no matarnos mientras fingimos en cada cena que somos felices? Ella dio un paso, y sin dudar, lo abofeteó. El golpe fue seco. Cruel. Innegable. Gabriel no reaccionó, solo la miró, pero ya no con indiferencia, sino con esa mezcla feroz de sorpresa y furia que solo despierta quien toca una herida real. —No me tomes por idiota —espetó Elena, con la voz temblorosa por la rabia que esta conteniendo—. Sé que algo pasa con Lara, y a pesar de no tener pruebas, estoy segura de que no me hacen falta. Mi piel ya no te reconoce, Gabriel. Tus besos cambiaron, tus manos también, y ni hablar de tus ojos, esos dejaron de buscarme hace días. Él apretó la mandíbula. Se la quedó observando como si quisiera negar todo, pero no supiera cómo. —No estás bien —murmuró él, en un intento inútil por sostener el control. —Claro —respondió ella, irónica—. Atente a las consecuencias de tus acciones, querido esposo. Y esa era la peor noticia para él. Porque Elena, era una mujer dolida que iba a arrasar con todo a su paso. Más tarde, esa misma noche, Elena bajó a la cocina. Escuchó voces en el teléfono fijo. Gabriel no lo usaba nunca, salvo cuando quería que las llamadas no quedaran registradas. —Sí, mañana, pero tiene que ser en el loft de Palermo —decía él—. No quiero que nadie nos vea juntos todavía. El corazón de Elena latió con fuerza. Allí estaba el inicio de la traición, y el fuego de su interior, se había convertido en incendio. Horas después, Gabriel salió. Elena subió a su estudio con paso firme, el eco de sus tacones resonaban como un metrónomo preciso. No temblaba. No dudaba, ni respiraba más rápido de lo normal. Revisó sus papeles, su agenda, los documentos apilados sobre el escritorio, hasta que la vio. Una hoja doblada en dos, deslizada entre sus apuntes. Reconoció la caligrafía antes de tocarla. “Lo nuestro no puede ser secreto para siempre. Lara.” La tinta aún estaba fresca. Al igual que su roto corazón. Esa noche Elena no lloró, no gritó, no lanzó nada contra la pared. Solo se quedó de pie, inmóvil, sosteniendo la nota entre los dedos. Luego la dejó caer con delicadeza sobre el escritorio, como si fuera algo muerto. Caminó hasta el espejo del rincón. Se observó en silencio durante unos segundos eternos. Ojos verdes. Mandíbula tensa. Belleza intacta. Pero algo había cambiado. Con manos firmes, se recogió el cabello en un moño elegante, y sonrió con frialdad. Una que nunca antes había sentido en sí misma. —¿Quieres jugar con fuego, Gabriel? —susurró, apenas audible—. Perfecto… — hizo una pausa, se giró despacio, recogió su agenda y salió del estudio sin mirar atrás—. Vamos a arder juntos, y te prometo que yo no voy a ser la primera en quemarme. La guerra, esta vez, no se iba a anunciar. Solo iba a empezar.






