La casa había quedado en silencio. El murmullo de los autos alejándose se fue apagando hasta que solo quedó el sonido de la lluvia golpeando los ventanales. El reloj del pasillo marcaba las once y media, y la mansión, tan grande y tan solemne, parecía respirar con ellos.
Elena se detuvo frente al espejo del recibidor, desabrochó con calma el broche de su vestido, dejando que el terciopelo negro se deslizara un poco sobre su hombro. La noche había sido un espectáculo de control, una danza que ha