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La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales del despacho principal de la estancia Montenegro. La vieja casona, ubicada en las afueras de San Isidro, conservaba el aire antiguo y solemne de las familias poderosas. Allí, el silencio no era paz: era una amenaza latente. Y esa noche, el silencio lo llenaba todo.
Gabriel Montenegro estaba de pie frente al ventanal, con la espalda recta y los brazos cruzados. Su silueta imponente destacaba contra la luz tenue del exterior. Alto, de hombros anchos, vestido con un traje negro perfectamente cortado, era la viva imagen del poder contenido. Sus ojos oscuros no se movían de la lluvia, pero su mente estaba en otro lado. Detrás de él, su padre, Don Rogelio Montenegro, hablaba con voz seca, como si cada palabra fuera una sentencia. —Es un trato que asegurará el control del norte de la provincia. Los Morgan tienen contactos que necesitamos. Elena es la mayor, y tú podrás manejarla muy bien. Gabriel no respondió de inmediato, sabía que no había lugar para el debate. El matrimonio con Elena Morgan no era una propuesta: era una orden. —¿Y si no quiero casarme con una desconocida? —preguntó, sin girarse. —Entonces no mereces llevar este apellido. Eso fue todo. No hubo amenaza, ni violencia, pero el peso de esa frase fue más que suficiente. Gabriel respiró hondo, frío e imperturbable. El nombre Montenegro no se arrastraba, se imponía, y él no sería la excepción. Del otro lado de la ciudad, en una mansión con fachada más moderna pero igual de cargada de historia, Elena Morgan golpeaba la puerta del despacho de su padre con la fuerza de quien no temía las consecuencias. —¡No pienso casarme con ese tipo! ¡No soy una mercancía! Luis Morgan levantó la vista desde su escritorio, sin sorpresa. Estaba acostumbrado a los estallidos de su hija mayor. Rebelde, impulsiva, indomable. El problema es que Elena no entendía aún cómo funcionaba el mundo que la rodeaba. —No es una petición, Elena. Es una obligación —habló Luis, serio. —¡Tienes a esas dos sobrinas tuyas para casar! —exclamó ella, con rabia. —Ellas ya están comprometidas en otros negocios —contestó, sin alzar mucho la voz—. Tú eres la única que puede sellar esta alianza, y lo vas a hacer con una sonrisa. Porque si no lo haces, no solo se rompe el pacto, también se rompe nuestra familia. Elena lo miró con furia, los ojos verdes brillando como esmeraldas encendidas. Su cabello castaño le caía en ondas rebeldes por la espalda, y su cuerpo delgado temblaba de indignación. —¿Eso es una amenaza? —preguntó, observando a su padre con rencor. —No —dijo Luis, con una calma que erizaba la piel—. Es la realidad. La boda se programó para el fin de semana siguiente, sin ceremonia fastuosa, sin prensa; solo las dos familias, algunos aliados clave, y una tensión que podía cortarse con un cuchillo. El contrato estaba firmado, y los nombres ya entrelazados en los papeles. Ahora solo faltaba cumplir con la parte social. Elena llegó con un vestido blanco ajustado, más por protocolo que por deseo. Caminó hacia el altar improvisado con la barbilla en alto, sabiendo que todos la miraban. Su rebeldía no había sido aplastada, pero sí contenida. Por ahora. Gabriel la esperaba con las manos cruzadas al frente, observándola sin expresión. Ella no lo conocía más que de rumores: que era el hijo más letal de los Montenegro, que jamás sonreía, que no conocía la palabra “amor”. Al mirarlo, supo que la mayoría eran ciertos. —No pienses que esto significa algo para mí —murmuró Elena mientras se colocaba a su lado. —Tranquila —respondió él, sin girarse—. No tengo tiempo para caprichos de niña rica. Elena lo estudió con la mirada, rabiosa por haberla llamado “niña rica”, sin embargo, le había prometido a su padre que se comportaría. Lo que menos quería era que, su tiempo casada con ese tipo, se prolongara más de lo necesario. *** La primera noche fue un campo minado, dormían en la misma habitación, pero en extremos opuestos de la cama. Gabriel se desvistió sin pudor, con la costumbre de quien no le debe explicaciones a nadie. Elena, en cambio, se encerró en el baño y salió con un camisón de seda blanco que dejaba poco a la imaginación. No por seducción, sino por desafío. —¿Te molesta? —preguntó con una sonrisa burlona. —He visto cosas peores en la morgue —respondió Gabriel, sin levantar la vista del libro. Ella bufó, se metió en la cama y apagó la luz, dejando prendida la que se encontraba al lado de Gabriel. Ninguno creía ser capaz de poder dormir, y estaban reacios a hacerlo. Por más que sus padres lo ordenaran, ellos no se creían capaces de lograr llevar este matrimonio como si nada. Eran dos personas iguales, y diferentes al mismo tiempo, con otros motivos de vida para sacar a sus familias adelante. Esto simplemente no estaba en la ecuación, y necesitaban terminarlo lo más rápido posible. Al día siguiente, comenzaron con un juego que los quemaría lentamente. Elena paseaba por la casa con vestidos provocativos, probando los límites. Gabriel la ignoraba, o al menos eso parecía, pero sus ojos la seguían, oscuros y duros como el acero. Sabía lo que estaba haciendo, sabía que lo estaba provocando, y no le molestaba para nada que lo hiciera. Quería saber hasta dónde era capaz de llegar su rebelde esposa, y si estaría dispuesta a consumar el matrimonio cuando este juego acabara. Ella, por su parte, no entendía por qué ese hombre frío despertaba en su interior una rabia tan profunda, junto con algo más. Algo que se le anudaba en el pecho cuando lo veía sin camisa después de entrenar, y que no estaba dispuesta a admitir Eran dos personas que no se amaban, y mucho menos se gustaban, pero estaban atados por un pacto de sangre. Y a veces, el odio era la mejor forma de empezar a arder, hasta las cenizas.






