CAPÍTULO 3

La mansión Montenegro estaba más viva de lo habitual. Hombres de traje negro se movían de un lado al otro, revisando seguridad, cerrando puertas, hablando en susurros. Esa noche, las cinco familias más poderosas de la provincia de Buenos Aires cenarían bajo el mismo techo. Y cada sonrisa, cada brindis, sería una jugada calculada.

Gabriel estaba en su habitación, ajustándose los gemelos de la camisa blanca, cuando escuchó la puerta abrirse. Se giró lentamente, y ahí estaba ella.

Elena.

Vestida con un vestido de satén verde oscuro que le abrazaba las curvas con descaro. Espalda descubierta. Cabello castaño suelto, como una ola salvaje. Sus ojos verdes brillaban con desafío, pero también con algo más frío: estrategia.

—¿Te gusta o quieres que me cambie? —preguntó con sarcasmo, girando sobre sí misma.

Gabriel no dijo nada por unos segundos. Su mirada descendió por su figura sin ocultar nada.

—Está bien —dijo al fin—. Vas a llamar la atención, y eso es perfecto.

—¿Perfecto? —preguntó con burla

—Sí, perfecto —respondió Gabriel, acercándose hasta quedar a escasos centímetros—. Pero si alguien llega a tocarte, lo mato.

Elena alzó una ceja, divertida.

—¿Celos?

—Jamás sentiría celos, simplemente son reglas.

Ella sonrió con malicia.

—Entonces, será mejor que aprendas a jugar conmigo.

▪︎▪︎▪︎

El salón principal estaba iluminado con lámparas de cristal antiguas. Mesas elegantes, copas de vino, miradas afiladas. Todos esperaban el mismo espectáculo: ver a los recién casados Montenegro-Morgan en acción. Algunos dudaban de la alianza. Otros querían verla fracasar.

Gabriel entró primero. Firme, altivo, letal. Elena le sostuvo el paso, caminando a su lado como si llevara años en esa mansión. Su brazo se deslizó con naturalidad por el de él, como si fueran una pareja perfectamente sincronizada.

Pero nadie imaginaba la tormenta bajo la superficie.

—Tienes que sonreír, querido —le susurró Elena sin mover los labios.

—No soy un payaso.

—No, pero esta noche eres mi esposo, y dudo mucho que quieras empezar a oír los rumores.

Él apretó la mandíbula, pero al ver las miradas sobre ellos, inclinó la cabeza apenas, en un gesto educado. Fue mínimo, aunque bastó.

Los Morgan, los De Luca, los Carbone, los Vega y los Salazar brindaron por la unión. Copas al aire, frases falsas, pactos de papel.

Elena jugó su papel a la perfección. Habló con esposas de mafiosos, rió en momentos justos, lanzó comentarios que disimulaban su agudeza. Era rebelde, sí, pero también era sumamente brillante.

Gabriel la observó de lejos, con una copa en la mano, y algo nuevo se instaló en su interior.

No era solo deseo. Era respeto.

Y eso, en su mundo, valía más que cualquier otra cosa. La vio hablar con la esposa de un capo siciliano sin perder la compostura, responder con elegancia a un comentario hiriente disfrazado de cumplido, y deslizar una frase en perfecto italiano que dejó a todos en silencio. Era fuego, pero también estrategia. Un arma de precisión con la sonrisa de una diosa.

Más de un hombre la miró con hambre esa noche, aunque ninguno se atrevió a acercarse más de lo necesario, Gabriel sintió esa punzada molesta en el estómago. Celos. No por posesión. Sino por la certeza de que, si ella quisiera, podría dominar a cualquiera.

Aún si lo provocaba a él.

---

—¿Cómo lo hice? —preguntó Elena cuando por fin regresaron al ala privada de la mansión.

Gabriel se quitó el saco y lo dejó sobre el sillón. La miró de reojo.

—Sorprendente.

Ella sonrió con ironía.

—¿Eso es un elogio viniendo de ti?

—Es una advertencia, más bien.

—¿Por qué?

—Porque si alguien más se da cuenta del poder que tienes, me veré obligado a eliminarlo.

Elena se acercó. Lenta. Provocadora. Se detuvo frente a él y alzó la vista.

—Así que eres mi protector, ¿eh?

—Entre otras cosas.

—¿Y qué más eres?

Silencio. La tensión entre ellos era eléctrica. Un roce. Un suspiro. Y entonces, Elena alzó la mano y aflojó el nudo de su propia espalda, dejando caer el vestido al suelo. Quedó en ropa interior negra. Perfecta. Serena.

—Te estoy dando la oportunidad, Gabriel —dijo, con voz baja—. No para que me uses, sino para que dejes de resistirte.

Él se quedó quieto. Por dentro, era un volcán contenido.

Se acercó. Le tomó la mandíbula con una mano, firme. La besó sin ternura, con posesión, como quien por fin se permite caer.

Fue un beso salvaje. Desesperado. Ella lo devolvió con el mismo fuego. Brazos. Respiraciones. Cuerpos chocando, pero cuando él la levantó entre sus brazos y la llevó a la cama, la miró a los ojos con un tono distinto.

—Esto no es una debilidad. Es guerra —le dijo.

—Entonces ven a combatirla —susurró ella.

Y lo hicieron. No se amaron. Se reclamaron. Se rompieron en placer, como si el odio, la tensión, y el deseo fueran parte de la misma arma. No hubo promesas. Solo un acuerdo silencioso: ninguno de los dos estaba preparado para lo que el otro provocaba.

Cuando ella despertó, él ya no estaba. Solo quedaba el hueco caliente en la cama. Y una nota, escrita con su letra elegante:

“No me provoques si no estás lista para lo que viene.”

Elena sonrió, porque sí estaba lista, y esta vez, iba a jugar para ganar.

Elena volvió a mirar la nota unos segundos más, los dedos aún rozando el papel como si pudiera absorber la intención detrás de las palabras. La caligrafía de Gabriel era precisa, sobria, casi fría, pero el mensaje ardía en su mente.

“No me provoques si no estás lista para lo que viene.”

Casi podía oír su voz al leerlo. Grave. Seria. Amenazante

Y exquisitamente excitante.

Se levantó de la cama sin apuro, dejando que la sábana se deslizara por su piel desnuda. Caminó hasta el ventanal como si estuviera desfilando para él, aunque no hubiera nadie mirando, pero estaba segura que, de alguna forma, Gabriel lo imaginaba. Sabía que él quería que ella leyera esa nota con la piel aún tibia por el deseo que no se había consumado.

Pero Elena no iba a esperar sentada.

Se duchó, se vistió con ropa ajustada y precisa —negra, como la guerra que estaba por empezar— y salió del departamento sin mirar atrás.

Gabriel estaba reunido con su equipo en una sala amplia, hablando de armas, rutas y acuerdos. Sin embargo, apenas sintió el perfume, supo que ella había llegado.

No necesitó verla para saberlo. Era como una electricidad nueva en el aire. Una advertencia sutil. Una amenaza envuelta en tacones.

Elena entró sin pedir permiso.

Todos en la sala guardaron silencio. Algunos bajaron la mirada. Otros, simplemente se apartaron.

—Necesito hablar contigo —dijo ella, con una voz suave que escondía dinamita.

Gabriel ni siquiera levantó la vista de los papeles.

—Estoy ocupado.

—No me importa, cariño, necesito hablar contigo. —Eso sí hizo que él alzara los ojos. Y ahí estaba ella. Bella, desafiante, con la mirada como una daga—. Cinco minutos —añadió—. A menos que prefieras que lo diga delante de todos.

Gabriel cerró la carpeta con lentitud. Luego se puso de pie. Su altura imponía respeto. La miró sin expresión, aunque sus ojos ardían.

—Todos, fuera.

La sala quedó vacía en segundos.

Cuando estuvieron solos, Elena avanzó hasta quedar a medio metro de él.

—¿Querías provocarme con una nota? Entonces, considera esto mi respuesta.

Y, sin más aviso, se acercó, se puso en puntas de pie, y lo besó sin suavidad, ni romanticismo.

Fue un acto de guerra.

Gabriel no la rechazó. Tampoco la besó respondió el beso enseguida. Solo la sostuvo por los brazos, firme, como si decidiera en ese instante si dejarla vivir o hacerla suya. Entonces la empujó contra la mesa con un golpe seco. No violento, pero dominante. Y sus labios la devoraron.

Elena sonrió contra su boca. Porque esta vez, él había cruzado la línea primero.

Y ahora, el juego realmente había comenzado.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP