CAPÍTULO 6

La ciudad parecía dormida bajo la lluvia, envuelta en un silencio espeso que se colaba por las rendijas de las ventanas y se instalaba en los rincones más oscuros del alma, pero Elena no podía cerrar los ojos.

Estaba sentada al borde de la cama, con las piernas cruzadas y la mirada clavada en el vidrio empañado de la ventana. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por las luces mortecinas de la calle que se filtraban desde el exterior. El reloj marcaba las 03:06 a. m., y Gabriel no estaba. Otra vez.

Sin embargo, algo era diferente esa noche.

No sentía rabia, ni ganas de llorar, solo había un pulso contenido, y una tensión helada que le recorría los brazos como si su cuerpo estuviera preparándose para algo que aún no tenía forma.

Se levantó con movimientos lentos, el suelo estaba frío bajo sus pies descalzos. Caminó hasta el armario y eligió un pantalón ajustado negro, un top simple y un abrigo largo que le llegaba hasta las rodillas. Nada llamativo, nada que gritara venganza, pero tampoco decía sumisión. Se ató el cabello en una coleta alta, firme, práctica, tomó su celular, las llaves del auto, y el sobre.

Ese sobre que lo contenía todo.

Una sola fotografía bastaba para romper una historia.

El corazón le latía como si estuviera a punto de cometer un crimen.

Y en parte así era.

Horas antes, la certeza ya había comenzado a formar una herida.

Había pagado a uno de los hombres de confianza de su padre, de esos que sabían seguir a alguien sin ser vistos, sin dejar rastros.

Él la llamó exactamente a las 00:47, como si supiera que ella estaba despierta.

—Está en Palermo —informó con voz seca—. Un loft privado donde no entra cualquiera. No está solo.

Silencio del otro lado.

—¿Seguro?

—Lo vi con mis propios ojos, señorita Morgan.

Y no necesitó que dijera más. En realidad, ya lo sabía.

Gabriel había empezado a cambiar hacía semanas, se quedaba más tiempo fuera, mentía con más soltura, sus abrazos eran más cortos, menos presentes, pero lo que más dolía no era lo evidente, sino lo que él ya no intentaba disimular.

La entrada del edificio era discreta, una fachada gris, sin luces innecesarias y sin portero, solo una puerta metálica con un teclado numérico.

Elena se detuvo frente a ella, con el abrigo empapándose lentamente bajo la lluvia persistente. Miró a ambos lados. Nadie. Tocó el timbre del encargado de mantenimiento. Un hombre de mediana edad, con ojeras marcadas y olor a cigarrillos baratos, apareció detrás de la puerta lateral minutos después.

Le bastaron una sonrisa tranquila y un par de billetes bien doblados para obtener el código. El poder no siempre era brutalidad. A veces, era persuasión suave, precisa, quirúrgica.

Subió al tercer piso. El ascensor rechinaba al cerrar. El pasillo estaba alfombrado, con luces cálidas y silenciosas que hacían eco en cada paso. Todas las puertas eran idénticas, pero el sonido no lo era.

A medida que avanzaba, un ruido sutil rompió la quietud: un gemido leve, contenido, casi imperceptible. Sin embargo, para Elena, fue un disparo.

Se detuvo frente a la puerta 3B.

La única puerta entreabierta.

El corazón le latía con fuerza, como si quisiera escapar del pecho. Era la conciencia brutal de que estaba a punto de destruirse a sí misma.

Empujó la puerta con los dedos.

No entró.

No hizo falta.

Desde el pasillo, tuvo la visión perfecta.

Gabriel, de espaldas, sin camisa, con los músculos tensos, las manos apoyadas sobre el respaldo del sofá. Lara, semidesnuda, con su cabello castaño enredado, aferrada a su cintura como si él fuera un ancla. Lo besaba con desesperación, con hambre, con esa necesidad que nunca fingía.

Y él respondía con la misma desesperación.

Elena sintió un vértigo que no venía del estómago, sino del alma. Como si le quitaran el suelo.

No gritó. No corrió. No se derrumbó.

Solo cerró la puerta con la misma delicadeza con la que se rompen los hilos de una tela fina.

Bajó las escaleras sin mirar atrás. Afuera, la lluvia seguía cayendo con furia. Caminó hacia su auto con las manos heladas. El agua le cubría el rostro, pero no podía distinguir si eran gotas o lágrimas.

Tal vez ambas cosas eran lo mismo.

▪︎▪︎▪︎

Llegó a casa empapada. El abrigo pesaba como si llevara encima todo el dolor del mundo. Al entrar no encendió la luz ni se cambió, solo caminó directo al salón y se sentó en el sillón, con las piernas recogidas y la mirada perdida.

Esperó.

Esperó como se espera a un enemigo en una guerra silenciosa.

Dos horas después, escuchó la puerta principal. El chirrido de las bisagras. Pasos sobre el parqué. Una chaqueta mojada dejándose caer sobre el perchero. El sonido de unas llaves chocando con la madera del aparador.

Gabriel entró al salón, todavía sacudiéndose el cabello mojado, con el celular en la mano.

Y la vio.

Elena, en la penumbra, con la ropa húmeda, los ojos vacíos y la espalda recta.

—¿Qué haces levantada? —preguntó con el ceño fruncido.

—Estaba esperándote —respondió.

Gabriel parpadeó.

—Estuve con el contador en…

—No me mientas —le espetó Elena con rabia.

Gabriel se tensó, como si el aire en la habitación se hubiera vuelto más espeso.

—Elena…

—La próxima vez, trata de no dejar la ventana entreabierta, o al menos, aprende a cerrar las cortinas.

Un silencio sepulcral se instaló entre ellos.

Él la miró, y supo, Elena lo había visto, y no había excusa, no había marcha atrás.

—No es lo que piensas —balbuceó, pero su voz ya no tenía autoridad.

—¿Ah, no? —se puso de pie con una lentitud medida, letal—. Entonces cuéntame, ¿qué hacías a las tres de la mañana con Lara besándote como si fuera tu mujer?

Silencio.

Solo el sonido de la lluvia contra los cristales.

Gabriel abrió la boca. Cerró los puños. No dijo nada. Porque en el fondo, sabía que no había nada que decir.

Elena lo miró a los ojos. La rabia aún no había estallado. Solo estaba la decepción. Una decepción tan honda que dolía más que cualquier insulto.

—Me mentiste, me usaste, y lo peor es que lo hiciste creyendo que yo iba a seguir aguantando. —Su voz tembló, pero no quería mostrarse débil—. Pero te equivocaste, Gabriel Montenegro.

Él no pudo sostenerle la mirada.

—Elena, déjame explicarte.

—¿Explicarme qué? ¿Cuántas veces me viste la cara? ¿Cuánto hace que lo tuyo con ella volvió a empezar? ¿Semanas? ¿Meses? —Se acercó un paso, sin levantar la voz—. Creíste que yo no era una amenaza, y que aguantaría tu método de tenerme en tu cama cuando quisieras, solo olvidaste que yo no soy como tu zorra.

—Elena… —Gabriel intentó tocarle el brazo, pero ella retrocedió.

—Ni se te ocurra. —Elena no gritaba. No lloraba. Su voz era una navaja—. Esta será la primera y última vez que me verás caer, porque desde hoy, Gabriel, vas a pagar cada una de las veces que me tomaste por estúpida.

Y lo peor para él, lo supo en ese instante, no era que Elena estuviera herida.

Lo peor era que ya no tenía miedo.

Gabriel no dijo nada. No podía. La boca le sabía a metal, a derrota, a ese silencio que anticipa el derrumbe. La vio de pie frente a él, empapada, con el cabello pegado a la cara y los labios apretados, como si se estuviera conteniendo para no escupirle todo el veneno de una sola vez.

Y aun así, estaba hermosa, solo que no como él la recordaba. No como la chica que aceptó el matrimonio por deber, que bajaba la cabeza cuando él llegaba tarde, que intentaba justificar lo injustificable. No.

Esta mujer frente a él era otra.

Había fuego en sus ojos verdes, pero no un fuego que buscara calor, sino uno que quemaba.

Gabriel alargó la mano, torpemente.

—Yo no quise… no es tan simple.

Elena soltó una carcajada suave, seca. Una carcajada sin alegría.

—¿De verdad? ¿Quieres que tenga piedad ahora? ¿Después de todo lo que hiciste?

—Elena…

—¿Te duele verme así? —dio un paso más cerca, con los ojos clavados en él—. ¿Te incomoda mi decepción? ¿Mi frialdad? ¿Mi voz tranquila?

Gabriel asintió con un movimiento mínimo, derrotado.

—Sí, porque no eres tú.

—Claro que no soy yo, no la de antes. Esa, la que se quedaba sentada esperando que volvieras, la que creía que, si te cuidaba lo suficiente, tú ibas a notar que estaba ahí. —Se rió de nuevo, pero esta vez su voz se quebró—. Me arranqué pedazos para darte lugar, Gabriel, y ni siquiera tuviste la decencia de cerrar las cortinas.

La frase fue una bala certera.

Gabriel quiso decir algo. Lo que fuera. Algo que justificara, que explicara, que le diera forma al caos que había causado.

Sin embargo, ella no se lo permitió.

—¿Quieres saber lo peor de todo? —preguntó en un susurro amargo—. Que yo te estaba empezando a querer.

Él frunció el ceño, aturdido.

—¿Qué?

—Sí, en medio de todo esto, de las peleas, del pacto de m****a que firmamos, de tus mentiras, empecé a verte. A verte de verdad, y a creer que quizás… que quizás esto podía cambiar. Que tú podías cambiar. —Se acercó tanto que él sintió su aliento, sin embargo, era como si estuviera a kilómetros—. Pero no cambiaste.

Gabriel retrocedió un paso.

—No te quiero perder.

—No me tuviste nunca, solo te acostumbraste a que estuviera, como si yo fuera parte de tu casa, de tu comodidad. —Su voz era firme, dura, pero sus ojos brillaban con lágrimas contenidas—. Pero no más.

Gabriel la miró con desesperación. Estaba perdiendo el control. Lo sentía. Era como arena escapando entre sus dedos.

—Elena, te lo juro, yo no sabía cómo decírtelo. No sabía cómo cortar con ella.

—¿Y entonces decidiste no hacerlo? ¿Seguir con las dos, total “algún día se resuelve solo”? —Lo imitó con sarcasmo—. Eres un maldito cobarde, Gabriel, y no por acostarte con ella, sino por no haber tenido los huevos para decírmelo antes. —Elena se cruzó de brazos. Lo miró una última vez—. No vamos a pelear esta noche, no vales mi rabia, pero es mejor que vayas a dormir al cuarto de huéspedes, o donde quieras. No me hables. No me busques. No me toques.

—¿Y mañana?

—Mañana empieza tu infierno. —Sonrió sin emoción—. Y yo voy a estar en el centro.

Gabriel sintió un frío que no tenía nada que ver con la lluvia.

Elena dio media vuelta y caminó hacia la escalera.

Antes de subir, se detuvo y habló sin girarse.

—Ah… y dile a Lara que la próxima vez, no gima tan fuerte, se le notó la desesperación.

Subió las escaleras sin mirar atrás. Sus pasos eran firmes, medidos, elegantes. Como si cada escalón fuera un paso hacia su propia resurrección.

Gabriel se quedó de pie en el salón, solo, con el abrigo aún mojado. Apretó los puños, su orgullo se encontraba herido, y la culpa latía en su interior.

Sabía que Elena no estaba haciendo una escena.

Sabía que Elena no iba a perdonarlo con flores y excusas.

Y lo más inquietante era que, por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo.

Porque había despertado algo en ella que no conocía.

Y ese algo, era más fuerte que él.

▪︎▪︎▪︎

Gabriel no subió las escaleras.

No tuvo valor.

Se quedó sentado en el sillón, en silencio, como si el peso de lo que había hecho finalmente le cayera encima. El reloj seguía avanzando, implacable. Afuera, la lluvia no cesaba, pero adentro, todo ya se había inundado.

El salón estaba oscuro, apenas iluminado por el parpadeo lejano de los relámpagos. En esa penumbra, Gabriel se hundía. El whisky que solía tomar en noches largas no le alcanzaba. Ni el poder. Ni el apellido.

Había perdido algo más que una esposa.

Había perdido el respeto de la única persona que alguna vez lo miró como si debajo del monstruo todavía quedara un hombre.

Y esa mirada, ya no existía.

Mientras tanto, en el piso de arriba, Elena se quitaba la ropa mojada con movimientos lentos. Entró al baño, abrió la ducha y dejó que el agua caliente corriera por su cuerpo como si pudiera borrarla. Como si pudiera arrancarle la piel vieja.

No lloró.

Solo respiró. Profundo. Lento. Como si necesitara prepararse para lo que vendría.

Y cuando se miró al espejo, desnuda, con el vapor rodeándola, ya no vio a la esposa herida.

Vio a la mujer que iba a vengarse.

Una mujer que ya no tenía miedo de hundirse, si eso significaba llevarse a Gabriel Montenegro con ella.

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