La ciudad parecía dormida bajo la lluvia, envuelta en un silencio espeso que se colaba por las rendijas de las ventanas y se instalaba en los rincones más oscuros del alma, pero Elena no podía cerrar los ojos.
Estaba sentada al borde de la cama, con las piernas cruzadas y la mirada clavada en el vidrio empañado de la ventana. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por las luces mortecinas de la calle que se filtraban desde el exterior. El reloj marcaba las 03:06 a. m., y Gabriel no