El sol aún no se atrevía a asomar por el horizonte de Milkshow y ya sentía el impulso eléctrico de la vigilia quemándome los nervios. Me levanté de la cama desvencijada del motel; el colchón olía a humedad y a los fracasos de quienes habían pasado por allí antes que yo. Salí al pequeño balcón de madera astillada y encendí un puro, dejando que el humo denso compitiera con la neblina de la madrugada. Mis ojos, inyectados en sangre, escaneaban a mis hombres alerta en cada rincón del estacionamien