El sol de la mañana se proyectaba con una claridad insultante sobre el asfalto. La sombra de mi Mercedes avanzaba como una mancha de petróleo, acompañada por el rugido de un motor que sonaba casi tan furioso como la sangre que golpeaba mis sienes.
—¡Maldición, Everett! No puedes hacer esto cada vez que te plazca —gritó Seraphena, clavando sus uñas rosadas en el cuero del asiento. Estaba aterrada, pero su miedo solo alimentaba mi necesidad de dominio.
—Sera, ¿aún no has aprendido que yo hago lo