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Me apoyé contra la pared del hospital, sintiendo el hombro latir bajo el vendaje. El dolor era una advertencia, pero mi rabia era una orden. Hice un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia Marc; no necesité decir una sola palabra. —Sí, señor —respondió Marc con un tono seco y eficiente. Sacó su teléfono mientras se alejaba, ya coordinando la cacería. Me puse la chaqueta de cuero con un movimiento fluido, apretando los dientes cuando el esfuerzo tiró de los puntos de sutura. Tomé mis pertenencias y salí de aquel lugar. Al caminar por los pasillos, noté cómo me convertía en el imán de todas las miradas. No me sorprendió; después de todo, era probable que yo fuera el hombre más imponente que verían en sus miserables y monótonas vidas. Al cruzar las puertas automáticas, uno de mis hombres, impecable en su traje negro, ya me esperaba con la puerta abierta de mi Mercedes deportivo gris. Me entregó las llaves con una inclinación de cabeza. El viento gélido de la medianoche me azotó la cara, trayendo consigo el aroma de la ciudad que me pertenecía. Me deslicé en el asiento del conductor, dejando que el cuero francés se amoldara a mi espalda. Al encender el motor, el rugido fogoso inundó el estacionamiento, un eco de pura potencia que hizo vibrar mis huesos. Tomé el volante con ambas manos, tratándolo con la misma firmeza con la que recorrería las curvas de una mujer difícil, y quemé neumático hacia la autopista. Esquivé coches como si fueran obstáculos en un juego, sintiendo la adrenalina purificar mi sangre mientras la ciudad se convertía en un borrón de luces a mis espaldas. Con un chirrido violento y proyectando gravilla hacia la oscuridad, me detuve frente a una de mis propiedades: un club privado donde el aroma a whisky y la madera de caoba eran la ley. Mis hombres llegaron segundos después en camionetas blindadas, flanqueándome como una guardia pretoriana. Entré al lugar empujando las puertas dobles. La música vibraba y el aire estaba cargado de humo, pero en cuanto notaron mi presencia, la atmósfera cambió. El respeto y el miedo transpiraron por los poros de cada persona presente. Atravesé el área de personal y bajé hacia el sótano, donde la opulencia se volvía sombría. En el centro de la habitación, bajo una lámpara de hierro forjado que proyectaba sombras alargadas, estaba ella. La "enfermerita". Estaba atada a una silla de caoba, con el uniforme azul manchado de polvo y las manos inmovilizadas. Tenía la cabeza cubierta con una bolsa de papel, pero su postura no era la de alguien que se hubiera rendido. Me senté en un sillón de cuero frente a ella, apoyé un pie sobre mi rodilla e encendí un puro. El humo denso comenzó a llenar el vacío. —Descúbranla —ordené con un tono relajado, casi divertido. Cuando retiraron la bolsa, su cabello color vino cayó enmarañado sobre su frente. Esperaba ver terror, lágrimas, una súplica desesperada por su vida. Pero Seraphena Miller me clavó una mirada verde encendida de rabia pura. Un fuego que no se apaga con amenazas. Un destello de sorpresa cruzó mi mente, pero lo oculté tras una sonrisa de suficiencia. Me puse de pie y caminé hacia ella con pasos lentos y calculados. El único sonido era el eco de mis zapatos contra el suelo de madera y su respiración agitada. Marc se acercó y puso en mi mano una daga de hoja de jade. El mango, labrado con la silueta de un dragón, se sintió cálido en mi palma. Me posicioné detrás de ella, inclinándome hasta que mi aliento rozó su oreja. —Así que, señorita Miller... —susurré, dejando que el aroma del tabaco y mi propio rastro la invadieran—. Tengo entendido que le resulta divertido insultar a pacientes influyentes y poderosos en su propia cara. —Yo no... —intentó decir, tragando saliva. Su piel se tornó pálida cuando sintió el frío del jade contra su cuello. —Shh, pequeña. No puedes morder como una perra y luego negarlo cuando te muestran los dientes. No estás siendo una buena invitada —paseé el filo lentamente por su mandíbula—. Lo mínimo que espero después de semejante ofensa... es una disculpa. Caminé alrededor de la silla hasta quedar frente a ella. Le obligué a levantar la barbilla con la punta de la daga, forzando el contacto visual. —Dilo, Seraphena. Pídeme perdón. —No necesito disculparme con un cobarde que necesita a sus hombres mirando para amenazar a una mujer atada —lanzó ella, su voz cortante como el cristal roto. Me reí. Me gustaba su veneno. —Retírense —ordené sin apartar la vista de ella. Mis hombres desaparecieron en un parpadeo. Enganché la punta de la daga en el primer botón de su blusa y tiré con un movimiento seco. El botón saltó y repiqueteó contra el suelo. —¿Te gusta más así? —me incliné sobre el respaldo de su silla, invadiendo su espacio personal—. ¡Ahora, discúlpate! —Lamento mucho... que tu ego sea tan frágil que necesites esto para sentirte hombre —espetó ella con una burla implícita que me hizo perder la paciencia. —Quieres ser una chica ruda, Miller. Pero vas a terminar siendo una chica muerta. Con un movimiento rápido y preciso, rasgué la tela de su uniforme de arriba abajo. La blusa se abrió, dejando su sostén y su piel expuesta a la luz ambarina. No gritó. Ni siquiera se movió. Pero su cuerpo la traicionó: su respiración se volvió pesada, sus mejillas se encendieron y vi cómo sus pechos subían y bajaban con una agitación que no era solo miedo. Era algo mucho más oscuro. Algo que yo conocía muy bien. Deje mi puro sobre un cenicero de cristal a un costado del sillón de cuero. —No te tengo miedo —espetó cortante, inclinando la cabeza hacia arriba con la respiración aún pesada, desafiándome incluso en su posición de desventaja. Mi paciencia se evaporó. Enfurecido, di media vuelta y regresé hasta ella en dos zancadas. La tomé del brazo con fuerza y, de una patada, aparté la silla hacia atrás, obligándola a colapsar sobre sus rodillas en el suelo de madera. Me quedé allí, mirándola desde arriba con una suficiencia letal. Me incliné para apartar con lentitud un mechón de su cabello desordenado detrás de su oreja. Verla así... de rodillas, con el pecho agitado y su sostén expuesto a la luz tenue de la lámpara de hierro, hizo que mi sangre hirviera. Mi miembro palpitaba con una urgencia salvaje; se veía tan jodidamente expuesta y hermosa en su humillación que la rabia se transformó en un deseo oscuro. En mi mente, ya no buscaba una palabra de perdón; buscaba que se disculpara entre gemidos, suplicando por mi tacto, rogándome que no parara hasta que su orgullo fuera solo un recuerdo. Me incliné sobre ella, mi mano bajando lentamente por su cuello, rozando apenas la piel expuesta sobre el encaje de su sostén. Estaba a un segundo de obligarla a tragar sus palabras, de demostrarle quién mandaba en esa habitación, cuando la puerta metálica se abrió con un estruendo que cortó el aire como una cuchilla. Me tensé. Mi mano se cerró en un puño a milímetros de su piel. Solo una persona tenía permitido interrumpirme en un momento así si no quería terminar con una bala entre los ojos. —Señor —la voz de Marc resonó, gélida y urgente—. Tenemos un problema. Me giré lentamente, con la mandíbula apretada y la mirada cargada de una promesa de muerte. Seraphena, aún de rodillas, soltó un suspiro entrecortado que no supe si era de alivio o de frustración. —Espero que el mundo se esté acabando, Marc —gruñí, poniéndome de pie y ajustando mi chaqueta, ocultando la evidencia de mi excitación bajo el cuero negro. — El padre de Haley, Rutherford, acaba de mover su primera pieza. Ha interceptado el cargamento de la zona sur y ha dejado un "mensaje" en la puerta de su oficina. Han declarado la guerra abierta. El silencio que siguió fue denso. La mención de los Rutherford hizo que la adrenalina del deseo se transformara en una sed de sangre puramente profesional. Miré de reojo a Seraphena; seguía en el suelo, despeinada y expuesta, pero sus ojos verdes no se apartaban de los míos. —Vigílenla —ordené a Marc, dándole la espalda a la enfermera— Si Rutherford cree que puede atacarme y salir ileso, le demostraré por qué soy yo quien tiene las llaves de esta ciudad. Caminé hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, me detuve sin mirar atrás. —No te sientas aliviada, Seraphena. Esto no ha terminado. Solo te he dado un poco de tiempo para que pienses en cómo vas a pedirme perdón cuando regrese. Cerré la puerta tras de mí, dejando a la fiera enjaulada mientras me preparaba para quemar el imperio de los Rutherford.






