Lo que había ocurrido apenas unas horas atrás no dejaba de dar vueltas en mi mente. La noche ya se reflejaba en el ventanal, imitando la oscuridad de mis propios pensamientos. Varias veces me sorprendí bajando las escaleras con el único impulso de ver a Seraphena dormida en mi sala, pero me detuve en el último peldaño y regresé a la cama.
¿Qué diablos hacía yo bajando? Estaría tan sensual como la había dejado. Me preguntaba si seguiría allí o si se habría vestido para marcharse. Era tarde; debí