Salí del departamento de Seraphena Miller sintiendo una sensación extraña asentarse en mi estómago. La rabia de mi contención sexual subía por mi garganta como bilis; tenía un hambre feroz y no podía callar la necesidad de que el mundo fuera mío, de reclamar finalmente el cuerpo de esa chica hasta vaciarme de ella.
Subí a mi coche y conduje de forma errática, casi suicida. Mi mente era un campo de batalla donde el aroma de su piel luchaba contra mis instintos de supervivencia. Cometí el primero