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Capítulo 3: Sangre y Cenizas

​Lo único que escuchaba era el caos rítmico de la madrugada: el estruendo de los disparos resonando contra el metal de los contenedores y las órdenes secas de mis hombres perdiéndose en el eco del puerto. Los Rutherford habían cometido el error de interceptar nuestro embarque de armas proveniente de Brasil. Un error que, les juré en silencio, les costaría la existencia.

​—Otro abatido —escuché la voz de Marc desde mi flanco derecho. Era un tirador confiable, una extensión de mi propia voluntad que nunca fallaba el tiro.

​—¡Avancen! ¡Ganen terreno! —bramé, sintiendo la adrenalina quemarme la garganta mientras el sabor a pólvora se asentaba en mi lengua.

​Me moví entre los laberintos de acero con el arma larga en la mano. De repente, una granada de humo cayó a mis pies, envolviéndome en una nube blanca y asfixiante que anulaba la vista por completo. Sentí un impacto violento contra mi hombro herido; el dolor fue un relámpago que me nubló el juicio por un segundo, pero lo convertí en furia pura. Distinguí varias siluetas rodeándome en la bruma. Sabía que no dispararían para no herirse entre ellos en esa ceguera; decidí usar esa debilidad a mi favor.

​Saqué la daga de jade de mi cinturón. Cuando la primera sombra se abalanzó sobre mí con la culata de un arma, me agaché, tomé su antebrazo y tiré de él hacia adelante con la fuerza de un depredador. Lo estampé contra mi propia hoja, clavándola en la base de su nuca; cayó inerte como un saco de arena. Otra sombra llegó por la izquierda; la recibí estampando su cabeza contra un tercer atacante y rematándolo con un tajo preciso que atravesó el pecho. Finalmente, saqué mi R-15 y vacié el cargador contra la última figura hasta que su cuerpo cayó flácido.

​El humo comenzó a dispersarse. Seguí corriendo, dando tiros certeros a cada enemigo que osaba cruzarse en mi mirada por un solo segundo.

​—¡Retirada! ¡Retirada! —gritaron desde el bando enemigo.

​El chirrido de los neumáticos y las luces traseras alejándose en la oscuridad fue lo único que quedó. Habíamos ganado la batalla, pero no la guerra.

​—Busquen sobrevivientes —ordené con la voz ronca—. Si encuentran a algún bastardo de los Rutherford, lo quiero vivo para que me suplique por su final.

​Caminé hacia mi auto, ignorando el rastro de sangre que dejaba mi hombro. Le envié un mensaje a Marc: “Reporte completo de daños para mañana”. La respuesta fue inmediata: “Sí, señor”.

​Conduje hasta mi propiedad en Aruma Street. El departamento que compartía con Haley era ahora un cementerio de recuerdos; lo quemaría hasta los cimientos si no fuera porque eso atraería demasiada atención innecesaria. Al llegar, me quité la chaqueta de cuero empapada y la tiré al suelo con asco. Fui directo al bar de caoba y me serví un whisky doble. Contemplé desde el ventanal cómo los primeros rayos de sol empezaban a lamer los rascacielos. El silencio del ático era casi doloroso. El alcohol bajó raspando mi garganta, un ardor que necesitaba para sentirme vivo.

​Bajo esa calma aparente, ella volvió a invadirme. Seraphena. Me preguntaba si sus gemidos de perdón sonarían tan placenteros como los imaginaba. Se creía libre porque la dejé ir, pero esa suficiencia solo la hacía más apetecible. Iba a ser mi propiedad.

​Un pitido me sacó de mi ensimismamiento. Era una foto en mi celular. El mensaje de Rutherford.

​La cabeza de mi madre.

​Palidecí al instante. Mis pulmones se cerraron y el vaso de whisky resbaló de mis dedos, estrellándose contra el mármol. El mundo se detuvo. Mi madre... la única persona bondadosa en mi vida, la que me amaba sin saber que su hijo era un monstruo. Y ahora se había ido de la manera más inhumana posible por mi culpa.

​—¡MALDICIÓN! ¡JODER! —estampé el celular contra la barra hasta que saltó en mil pedazos.

​Me quedé jadeando en medio de la estancia lujosa, que ahora se sentía como una celda. Me miré las manos; estaban manchadas de la sangre del puerto, y ahora sentía que también estaban manchadas con la de ella. El dolor de mi hombro no era nada comparado con el vacío en mi pecho. Me dejé caer contra la barra, cerrando los ojos con fuerza mientras el recuerdo de su voz me torturaba. Rutherford quería guerra, pero yo le daría el fin del mundo.

​Subí a mi habitación con pasos pesados, sintiendo cada cristal roto bajo mis botas. Saqué el celular de repuesto de la caja fuerte y marqué a Marc. Mi voz ya no era humana; era un rugido gélido.

​—Marc. Olvida el reporte. Quiero a cada hombre armado en la calle. Esta guerra se acaba de volver personal. No quiero paz, Marc. Quiero cenizas.

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