Abrí los ojos y el mundo se redujo a la fricción salvaje y al sonido de su respiración quebrada. Tenía a Haley empotrada contra la fría barandilla del balcón, su piel blanca contrastando con la piedra oscura. Enredé mis dedos en su melena, tirando con una fuerza brutal para obligarla a arquear el cuello, exponiendo su garganta al viento de la noche. Sujeté sus manos firmemente sobre su espalda bajo mi agarre de hierro, anulando cualquier intento de escape, mientras la tomaba por detrás con embestidas lentas, profundas y cargadas de un odio que se sentía como fuego.Sus pechos rebotaban contra el mármol con cada golpe seco de mi cadera. La obligué a mirar hacia abajo, hacia el jardín, donde el idiota con el que me estaba engañando permanecía pasmado, como un espectador en su propia ejecución.—Míralo, Haley —le gruñí al oído, mi voz era un hilo de veneno—. Míralo para que sepa que jamás podrá llegarme a los talones. Para que entienda que lo que él tiene son sobras, y lo que yo tengo
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