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Capítulo 5: El Limbo y la Lujuria

​Con la victoria de esta noche nos apoderamos de la ciudad. La velocidad y las luces que pasaban rápidamente se sentían como leña que encendía mi alma; sin embargo, en medio de esa sensación, había una chispa rebelde que no seguía el rumbo del resto del fuego.

​Dejé a Marc en su departamento y seguí conduciendo. Esa chispa no hacía más que molestarme en la periferia de mi visión. Decidí parar en un bar sobre Monroe Street; tenía un aspecto lujoso pero sencillo, casi casual. Pedí una copa de vino añejo y, con la sonrisa de la victoria aún en el rostro, contemplé la bebida oscura. Mi sonrisa se diluyó cuando la chispa en mi mente se convirtió en un relámpago: el tono carmesí del vino me trajo de vuelta el recuerdo de la señorita Miller. La vi de rodillas, con la mirada ardiendo clavada en mí mientras yo apartaba de su mejilla ese cabello del mismo color que el licor de mi copa. Mi cuello se tensó al recordar su aroma mientras le hablaba al oído y sus pechos sonrosados reclamando mi atención.

​Bebí de un sorbo y dejé una generosa propina sobre la barra. Con la sangre caldeando mi interior, subí al auto y conduje hasta el departamento de la señorita Miller. Era un suburbio tranquilo y bastante pintoresco; combinaba con ella, pero era mucho menos lujoso de lo que yo estaba acostumbrado. Estacioné justo en la entrada y subí las escaleras hasta el último piso. Saqué mi tarjeta maestra y entré a su departamento como si me perteneciera. Estaba seguro de que llegaría en cualquier momento de su guardia en el hospital, así que decidí esperarla y ponerme cómodo.

​Di un vistazo a sus muebles de madera algo desgastados, su café en la cocina a medio terminar y la pila de trastes sin lavar. Me dirigí a su habitación; todo el maldito espacio olía a su perfume. Tenía una cama amplia y bastante desordenada, con algunas prendas esparcidas junto al armario que evidenciaban su prisa por ir a trabajar. En su espejo, encontré pegado un volante del bar... de mi bar. Sonreí con un solo lado de los labios, tomé el volante y me senté en un sillón de respaldo alto junto a la ventana para contemplar la vista.

​No pasó mucho tiempo cuando escuché el tintineo de unas llaves y el rechinido de la puerta principal. Poco después, ella entró en la habitación. Cruzamos miradas en la tenue oscuridad y nos quedamos ahí, en el limbo de la sorpresa, la indignación y aquello que ambos llevábamos esperando un par de días, pero que no teníamos el temple de admitir.

​—Señorita Miller, es un placer volvernos a encontrar —dije, manteniendo un tono sereno.

​La escaneé con la mirada. Estaba hecha un desastre, sí, pero un desastre provocativo. Traía puesto ese uniforme que me volvía jodidamente loco por rasgar de nuevo; su cabello suelto caía desordenado sobre su espalda, salvaje, combinando con su personalidad. El rubor que causó el verme era infinitamente embriagador.

​—¡¿Qué demonios haces aquí, Everett?! ¡Sal de mi casa ahora, jodido enfermo! —gritó rabiosa. Era impresionante cómo trataba de ocultar su turbación con el enojo.

​—Qué maleducada, señorita Miller. ¿Así recibes a tus invitados? Además de ser una desordenada... —dije, recorriendo lentamente su habitación con la vista.

​—No eres mi invitado, eres un jodido invasor desquiciado. Además de un secuestrador —refunfuñó poniéndose aún más colorada.

​—Debo recordarte, Seraphena, que tenemos algo pendiente entre tú y yo —dije poniéndome de pie, permitiendo que mi voz ganara peso.

​—Sabes que no me disculparé, así que puedes joderte tú y tu teatrito de chico sexy y misterioso en la oscuridad.

​—Oh, pequeña, sí que te disculparás. Y no es un teatro; soy yo mismo.

​Con la sangre hirviendo en mis venas, me acerqué a ella. Interrumpí su incesante palabrería rodeando su cuello con mi mano y acercándola a mí hasta que su pecho chocó con el mío. Su respiración pareció tomarse unas largas vacaciones.

​—Seraphena, Seraphena... ¿no ves que no eres tú quien lleva la guía de esta conversación? —La miré directo a los ojos mientras mi otra mano acariciaba su mejilla. Presioné ligeramente su cuello; ella jadeaba con pesadez, aunque sabía que con mi agarre podía respirar.

​—Suéltame, Everett... —dijo, tirando levemente de mi mano.

​—Sabes decir "por favor", ¿no, Sera? —añadí de inmediato. Reforcé mi agarre y la giré con brusquedad para demostrarle quién mandaba en su propia casa. Su trasero quedó justo contra mi miembro. La sensación era firme y la fricción contra la tela me confirmó que a ella le agradaba el contacto.

​—Por... por favor —dijo con los labios entreabiertos.

​—Eso es. Ves que no es tan difícil. Buena chica, mereces una recompensa —susurré cerca de su oreja.

​Pasé mi lengua suavemente desde su hombro hasta el final de su cuello. Sus rodillas cedieron un poco, pero mi agarre de hierro no dejó que se moviera ni un milímetro. Su respiración pesada y sus ojos cerrados me dieron la señal que necesitaba: lo deseaba tanto como yo, o incluso más. Tomé su mandíbula con hostilidad y forcé un beso profundo, desenfrenado y escandaloso que ella no tardó en seguir.

​La guié hacia el ventanal, manteniendo su espalda contra mi pecho. Con mi mano firme en su cadera, solté su barbilla y deslicé las yemas de mis dedos por su suave piel de porcelana. Su aroma me inundaba los poros. Seguí el camino de mis dedos con la mirada; apreté su pecho con suavidad y luego con más rudeza. Un pequeño gemido escapó de sus labios y su cabeza cayó hacia atrás, acunada en mi hombro.

​—No, Seraphena. No desvíes la mirada. Este es tu castigo por no disculparte aún —tomé su barbilla y la forcé a ver nuestro reflejo en la ventana—. ¿Entendiste?

​Ella asintió, mordiéndose el labio inferior. Continué trazando un camino entre su clavícula y su pecho, haciendo círculos en uno de sus pezones. Bajé por el centro de su busto, rodeé su ombligo y luego, de un golpe, levanté su blusa por encima de sus pechos, arrancándole un suspiro. Su sostén quedó expuesto ante ella misma en el reflejo. Estaba totalmente a mi disposición. Tan expuesta. Tan mía.

​Enganché un dedo en su tirante y bajé lento, disfrutando de su respiración entrecortada. Pasé por el borde del sostén, dejando ver brevemente el rosado de su areola. Subí de nuevo hasta que ambos pechos estuvieron en mis manos, apretando y alternando la intensidad. Estaba justo donde la quería. Levanté el sostén de golpe para que sintiera el contacto de mis manos frías sobre su piel sensible y pellizqué ambos pezones. Ella gimió con fuerza en respuesta.

​—Mírate, respetable enfermera Miller. ¿Qué ves en el espejo? ¿Ves lo mismo que yo? En este momento, tus pechos son de mi propiedad. Tu placer es mi voluntad —dije apretando con fuerza. Dejé una marca roja sobre su piel blanca.

​Baje una mano por su estómago hasta llegar a su zona V, trazando círculos perezosos que hicieron que sus piernas falsearan. Trace líneas yendo cada vez más profundo sobre su ropa; ella aumentaba el volumen de sus gemidos con cada caricia. La giré en redondo para que me mirara, planté ambas manos en su trasero apretando con dominio y reclamé su boca apasionadamente. Sus pechos desnudos tocaban mi camisa y sus manos rodeaban mi cuello. Podía sentir su calor emanando de una manera impresionante. Estaba listo para ponerla a suplicar de rodillas.

​De repente, mi celular comenzó a sonar. Un mensaje, luego otro y otro más. Tuve que alejarme. Solo una persona podía estar mandando mensajes con esa insistencia. De reojo, vi cómo Seraphena me miraba desde donde estaba parada, expuesta y agitada.

​Vi la pantalla. Era Backs: había aceptado el acuerdo y quería discutir los detalles ahora mismo.

​—Tengo que irme —le dije, mientras me colocaba la chaqueta de cuero. Le di la espalda y me dispuse a salir.

​—¡Everett, espera! No puedes hacer esto. No soy una chica con la que puedas jugar cuando estás aburrido, jodido imbécil. Yo ni siquiera quería nada de esto —espetó mientras se acomodaba la blusa a toda prisa.

​Me paré en seco, aún dándole la espalda.

​—¿Ah, no? Dime que no eres una chica traviesa y dime a los ojos que no tenías esto porque pensabas ir a buscarme, señorita Miller —dije mirándola de reojo mientras ponía sobre el tocador el volante de mi bar.

​Esperé un segundo y su silencio me dio la respuesta que buscaba. Me di la vuelta y salí de su departamento sin decir más.

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