Era una mañana nublada; el ambiente estaba más frío de lo normal y el aire se sentía pesado, impregnado de un olor a tierra húmeda y cenizas.
Estaba de pie en medio del camposanto, leyendo el epitafio de mi madre una y otra vez. Buscaba en esas letras grabadas en piedra la respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía formular. Estaba rodeado de mis hombres, con más seguridad de la habitual, pero no estaba dispuesto a arriesgar los últimos momentos de paz ni a manchar de sangre el lecho de descanso de la única mujer que me amó de verdad.
Las gotas empezaron a caer: pesadas, ruidosas, rompiendo el silencio de respeto que guardábamos. Marc se acercó a mi lado con un paraguas. No dijo nada; solo me dio una palmada firme en el hombro y me cubrió de la lluvia. Dejé que el agua lavara mi rostro, ocultando el rastro de las únicas lágrimas que Rutherford me vería derramar jamás.
—Retírense —les dije en un susurro.
Sé que mi madre era importante para ellos casi tanto como para mí. Ella no sabía de mis negocios, pero horneaba galletas para mis "compañeros de trabajo" y se las enviaba a las bodegas. Los invitaba a reuniones y siempre les tenía suéteres y bufandas listos cuando el invierno arreciaba. Mi madre, sin disparar un arma, era el miembro más querido de mi facción.
Pese a sus objeciones silenciosas, obedecieron y se fueron. Me quedé solo bajo la lluvia, sintiendo un vacío absoluto; una cadena abrasadora y helada que me apretaba el pecho. Con mis manos hechas un puño y los párpados pesados, hice mi última confesión.
—Te prometo que te vengaré —susurré. El viento fue el único testigo de mi juramento.
Empapado, subí a mi Mercedes y conduje lentamente, viendo las gotas resbalar por el parabrisas. Al llegar a mi departamento de Aruma Street, me despojé de la ropa mojada y caminé hasta la ducha. Dejé que el agua caliente golpeara mi cuerpo, viendo cómo se perdía por los valles de mis abdominales y las comisuras de mis piernas. Estaba entumecido.
Ya en la habitación, con los rizos oscuros todavía goteando sobre mi frente, me coloqué frente al espejo. Observé los puntos de sutura en mi hombro. Los toqué con la yema de los dedos, descubriendo que el dolor físico casi había desaparecido. En ese momento, recordé a la enfermera Miller apretando esos hilos; ella era la única distracción que mi mente se permitía en medio de este caos.
Viéndome ahí de frente, empezó a emanar una luz roja desde mi oscuridad: resentida, despiadada, hambrienta. El tiempo de llorar se había acabado. Era tiempo de acciones.
Me vestí con mi chaqueta de cuero, pantalones oscuros y una camisa blanca que contrastaba con mi cadena de plata. Tomé mi auto y volé por la autopista hasta una vieja fábrica abandonada en los límites del estado. Allí me esperaban Marc, Jake y Dennis.
—Está todo listo para usted, señor —dijo Marc, siguiéndome el paso hacia el interior sombrío.
—¿Se encuentra bien? —se atrevió a preguntar Jake, pero se calló en el acto cuando le devolví una mirada afilada.
—¿Quién es? —pregunté, yendo directo al grano.
—Ezkiel Jobs. Artillero, basura —respondió Marc. Nos detuvimos frente a un hombre atado a una silla, deshecho por los golpes. Un sobreviviente de la noche del puerto. Un hombre de Rutherford.
Tomé unas pinzas de una mesa metálica y, sin mediar palabra, le solté un puñetazo directo usando la herramienta como refuerzo en mi puño.
—Muy bien, pedazo de m****a. Tú y yo vamos a tener una conversación.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar… traidor —me lanzó un escupitajo con sangre.
Levanté la mano para frenar a mis hombres. Lo tomé del cabello y estampé su cara contra mi rodilla con una fuerza brutal. El sonido de su tabique rompiéndose y su alarido me hicieron sonreír por primera vez en el día.
—Espero que los Rutherford te hayan enseñado modales, porque si no, no te quedará un hueso sano en cinco minutos. ¿Cómo supieron del embarque sur?
—Púdrete.
Tomé las pinzas y le arranqué la primera uña. Su alarido fue música para mis oídos.
—Intentemos de nuevo. ¿Quién fue a casa de mi madre?
—¡Jamás hablaré! —gritó entre sollozos.
Con calma absoluta, procedí a arrancarle las nueve uñas restantes. Entre los gritos y la agonía, el nombre finalmente salió: Esteban Clark. Un nombre que grabé en mi mente para su posterior ejecución.
—Ahora dime el próximo movimiento de los Rutherford —dije mientras tomaba un cuchillo de carnicero.
—Estarán… estarán recibiendo un tren a las afueras… intentarán desabastecer a tus proveedores —lloró el tipo, totalmente destruido.
—Buen chico. ¿Dónde se esconde tu jefe y su zorra de hija?
—En una casa de seguridad en Bayway. La hija… ¡te juro que no lo sé! ¡Ella se mueve sola!
No se veía seguro. Tomé el cuchillo y le corté el dedo meñique de un tajo. El olor a hierro inundó el lugar y su garganta se desgarró en un último grito antes de quedar afónico y desmayarse. Tiré el cuchillo, que repiqueteó contra el suelo.
—Qué débil. Sin un dedo y ya no resiste. Limpien este desastre; si sigue vivo, sáquenle más y luego tírenlo al río.
Me limpié la cara y las manos con un trapo que Marc me ofreció. Esta noche, ese tren sería mío.
No esperamos al amanecer. El informe del soplón era exacto: el convoy de carga de los Rutherford avanzaba pesado por las vías abandonadas del sector industrial. Nos posicionamos en un puente elevado, viendo cómo el monstruo de acero rugía bajo nosotros.
—Ahora —ordené por el radio.
Tres de mis camionetas blindadas embistieron los vehículos de escolta que custodiaban las vías, mientras yo, junto a Marc y un equipo de élite, descendíamos por cables directamente al techo del tren en marcha. El viento nos azotaba con furia, pero mis botas se aferraron al metal como garras.
El estruendo de los fusiles R-15 ahogó el traqueteo de los rieles. Mis hombres eran sombras letales moviéndose entre los vagones. Cada vez que la puerta de un contenedor se abría, la recibíamos con ráfagas de plomo y granadas de aturdimiento. Fue una carnicería sistemática. Los hombres de Rutherford, tomados por sorpresa y atrapados en los pasillos estrechos del tren, caían como piezas de dominó.
En el vagón principal, me encontré de frente con su jefe de transporte. Intentó levantar su arma, pero fui más rápido. Le disparé dos veces en el pecho y, mientras caía, lo rematé con una mirada que prometía que él solo era el primero de muchos.
—Señor, el tren está asegurado. Hemos recuperado el material y eliminado a la resistencia —informó Marc, cuya camisa blanca ahora estaba salpicada de un rojo carmesí.
Miré los cuerpos esparcidos por las vías mientras el tren se detenía entre chirridos metálicos. Trescientos hombres habían caído esa noche entre las emboscadas en la ciudad y este asalto. El suministro de los Rutherford estaba seco.
—Quemen los vagones que no podamos llevaros. Que el humo le avise a Rutherford que su reino se está convirtiendo en cenizas —dije, antes de subir a mi coche.
A las 9:00 p.m., después de una ducha necesaria para quitarme el olor a pólvora, ya estaba en el club de striptease observando a las chicas desde mi privado. Entonces llegó mi objetivo: Daniel Backs, el principal proveedor de los Rutherford.
—Así que Everett… eres una leyenda del bajo mundo. ¿A qué debo este llamado? —dijo con suficiencia.
—Iré al grano, Backs. Sé que tienes una alianza con los Rutherford, y vengo a ofrecerte un trato mejor.
—¿Y por qué cambiaría años de venta segura por ti?
—Fácil. Porque nadie tiene mi alcance ni mi poder. Si cambias de bando, en una semana serás tres veces más rico.
Backs dudó. Sabía que la traición era peligrosa, pero la avaricia siempre es más fuerte. Me puse de pie y le entregué un sobre pesado.
—Un agradecimiento por la reunión. No se sienta obligado a nada. Buenas noches.
Ya en el coche, Marc me miró con curiosidad.
—Señor, ¿por qué no cerró el trato ahí mismo?
—No te preocupes, Marc. Con ese sobre tenemos su lealtad en la bolsa.
—¿Qué había dentro, señor? Además del dinero.
—Una fotografía de su esposa y el señor Rutherford en la misma cama —respondí con una sonrisa gélida—. Al parecer, toda esa familia es escoria.
Esa noche, seis puntos de venta de los Rutherford cayeron, trescientos de sus hombres fueron eliminados y su proveedor más importante pasó a mis manos. Estaba ganando la guerra, pero mi cama seguía vacía y mi paciencia se agotaba.