Abrí los ojos y el mundo se redujo a la fricción salvaje y al sonido de su respiración quebrada. Tenía a Haley empotrada contra la fría barandilla del balcón, su piel blanca contrastando con la piedra oscura. Enredé mis dedos en su melena, tirando con una fuerza brutal para obligarla a arquear el cuello, exponiendo su garganta al viento de la noche. Sujeté sus manos firmemente sobre su espalda bajo mi agarre de hierro, anulando cualquier intento de escape, mientras la tomaba por detrás con embestidas lentas, profundas y cargadas de un odio que se sentía como fuego.
Sus pechos rebotaban contra el mármol con cada golpe seco de mi cadera. La obligué a mirar hacia abajo, hacia el jardín, donde el idiota con el que me estaba engañando permanecía pasmado, como un espectador en su propia ejecución.
—Míralo, Haley —le gruñí al oído, mi voz era un hilo de veneno—. Míralo para que sepa que jamás podrá llegarme a los talones. Para que entienda que lo que él tiene son sobras, y lo que yo tengo es el control absoluto. Jamás tendrá el mejor sexo de su vida porque tú nunca gemirás para él como lo haces para mí.
Ella soltó un grito desgarrador, una mezcla de agonía y un placer traicionero que la hizo temblar de pies a cabeza. Cuando terminé, la solté sin delicadeza alguna. Cayó al suelo, una figura deshecha y desnuda sobre las baldosas frías. Tenía los ojos anegados en lágrimas, una imagen de pura devastación.
Se arrastró hacia mis pies, suplicando con un hilo de voz, rogando por mi perdón, pero sobre todo, rogando por más. Sus dedos rozaron mi bota, buscando el calor que acababa de arrebatarle. La miré desde mi altura, sabiendo que ella buscaba una piedad que yo no conocía, una redención que no estaba en mi ADN.
Le dediqué una última mirada gélida, ignorando sus súplicas rotas. Me abroché los pantalones con una calma que rayaba en lo inhumano y le di la espalda. Haley Rutherford no era más que un despojo en mi pasado, y el tipo de abajo, un cadáver social que aún no sabía que estaba muerto.
Caminé hacia el ascensor con la adrenalina aún quemándome las venas. Pero al salir al estacionamiento subterráneo, el silencio era demasiado denso. Antes de que pudiera reaccionar, una detonación rompió la calma.
Sentí el impacto abrasador en mi hombro derecho. La fuerza del proyectil me hizo girar, pero no caí. Maldije entre dientes mientras la sangre caliente comenzaba a empapar mi camisa de seda. El imbécil del amante estaba allí, oculto tras una columna, con las manos temblorosas sujetando un arma barata. Intentó disparar de nuevo, pero mis hombres fueron más rápidos; en un parpadeo, tres de ellos lo tenían contra el cemento, rompiéndole las costillas antes de que pudiera gritar.
—Llévenselo —ordené, mi voz era un hilo de acero a pesar del dolor—. Que desee haber muerto hoy.
Caminé hacia mi auto, pero el mundo empezó a inclinarse. La bala había tocado algo importante o quizás la rabia me estaba pasando factura. Marc llegó a mi lado justo cuando mis rodillas cedieron.
—Señor, está perdiendo demasiada sangre...
—Cállate y condúceme al hospital —fue lo último que dije antes de que la oscuridad me tragara.
El Despertar
El olor a antiséptico y el pitido rítmico de un monitor fueron mi bienvenida. Abrí los ojos con pesadez, encontrándome con la luz blanca y cegadora del hospital. Marc estaba de pie junto a la cama, con su habitual expresión de piedra.
—¿Situación? —gruñí. Mi mandíbula se sentía rígida y el hombro me pulsaba con un dolor sordo.
—La bala atravesó el hombro, perdió mucha sangre, pero el cirujano hizo un buen trabajo. Ya nos encargamos del tipo; no volverá a caminar, ni a disparar —respondió Marc. —Ahora que Haley está fuera del mapa, su padre moverá ficha. Tenemos que estar listos para...
Sus palabras se desvanecieron cuando la cortina se abrió de golpe.
No era una enfermera común. El uniforme quirúrgico azul intentaba ocultar sus curvas, pero fallaba miserablemente; la tela se ajustaba a sus caderas de una forma que debería ser ilegal en un hospital. Su cabello, de un color vino intenso, caía en una trenza sobre su hombro, y cuando sus ojos verde oscuro —profundos como un bosque bajo una tormenta— chocaron con los míos, sentí un chispazo de algo que no era dolor.
Asumí que era una de mis infiltradas. Tenía propiedades en media ciudad, incluido este hospital. Ella era mía, como todo lo demás. La sangre volvió a fluir hacia donde no debía, y una sonrisa depredadora apareció en mi rostro.
—Vaya... parece que el servicio de habitaciones ha mejorado —dije, ignorando el dolor del hombro mientras me sentaba en la cama con esfuerzo.
Me puse de pie, ignorando las protestas de Marc, y acorté la distancia hasta que la tuve acorralada contra el carrito de curaciones. Su rostro se encendió en un rojo violento. Retrocedió con tal brusquedad que golpeó el metal, haciendo que varias bandejas cayeran al suelo con un estruendo metálico. Se agachó frenética a recogerlas, pero yo fui más rápido. La tomé del brazo y la obligué a levantarse, sosteniéndola con firmeza.
—Levántate, preciosa —le susurré, recorriendo su cuerpo con una mirada que la desnudó en un segundo. Le sujeté la barbilla, obligándola a mirarme—. Eres una joya. Cuando regrese a mi oficina, te daré un aumento por ser la vista más agradable de este lugar.
Ella abrió los ojos de par en par, pero no de admiración. Con un movimiento seco, apartó mi mano de un manotazo que resonó en la habitación. Mi diversión solo creció.
—S... soy la enfermera Seraphena Miller, señor —dijo, y su voz pasó de la inseguridad a un fuego gélido en un instante—. Y yo no estoy en su maldita nómina, señor Everett.
Me clavó la hoja de alta en el pecho con fuerza innecesaria.
—Ya veo que está lo suficientemente bien como para ser un arrogante. Se acabó su tiempo aquí.
Se dio la vuelta y salió de la habitación con paso firme, dejando el aire cargado con el aroma de su perfume y el eco de su rechazo. Me quedé allí, mirando la cortina, con una nueva misión en mente.