El eco de la puerta al cerrarse dejó a Jade en un silencio abrumador, la única compañía era el latido furioso de su propio corazón. El rubor de la ira y la humillación aún quemaba en sus mejillas mientras la adrenalina comenzaba a disiparse, dejando un vacío helado. Recorrió la habitación con la mirada: la cama inmensa, la lámpara de pie que apenas rompía la oscuridad, la decoración austera que gritaba lujo pero negaba vida.
Era una prisión, una jaula de oro, como le había dicho a Hywell, y en