El apartamento de Robert, antes un santuario, se había convertido en una jaula de oro para Jade.
El silencio, tras el portazo de Robert, era un yunque sobre su cabeza. Su cuerpo, sin embargo, no conocía la calma. La furia y el abandono de Robert, sumados a la imagen de Hywell Phoenix en el club, habían encendido en ella una necesidad cruda, casi animal.
No era un deseo tierno o dulce, sino una urgencia salvaje, una sed de olvido a través del tacto. Quería apagar el fuego que la consumía, acalla